La reciente visita Ad Limina Apostolorum de los obispos de la Conferencia Episcopal de las Antillas (CEA) ha dado pie a una profunda reflexión sobre la relación entre la sinodalidad, el anuncio del Evangelio y la vida espiritual de la Iglesia. En un artículo publicado en la página oficial de la Conferencia Episcopal de las Antillas, se destaca que la experiencia vivida en Roma dejó una enseñanza fundamental: la sinodalidad solo puede dar frutos auténticos cuando está arraigada en el kerigma, es decir, en el anuncio vivo de Jesucristo.
La reflexión parte de dos encuentros consecutivos que sostuvieron los obispos durante su visita al Vaticano. El 29 de abril se reunieron con el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, mientras que al día siguiente dialogaron con la Secretaría General del Sínodo. Aunque la secuencia pudo obedecer a razones organizativas, el autor considera que encierra un mensaje significativo para la Iglesia de hoy.
La transmisión de la fe en el centro
Durante la reunión con el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el prefecto, cardenal Víctor Manuel Fernández, invitó a los obispos a reflexionar sobre cómo se transmite actualmente la fe en Jesucristo en las Antillas.
La conversación puso de relieve las dificultades que enfrentan espacios tradicionalmente vinculados a la transmisión de la fe, como la familia y las escuelas católicas. Sin embargo, el cardenal planteó que el desafío no consiste únicamente en qué se enseña, sino en la manera de comunicar la fe.
Según la reflexión compartida por la Conferencia Episcopal de las Antillas, con frecuencia la fe corre el riesgo de reducirse a normas o enseñanzas morales, cuando su esencia radica en el encuentro personal con Jesucristo. Por ello, se subraya la necesidad de recuperar el kerigma, entendido como el anuncio gozoso de que Cristo ama, salva y acompaña a cada persona.
El texto señala que la fe no se transmite solamente mediante contenidos doctrinales, sino también a través de las relaciones humanas, la experiencia comunitaria y el sentido de pertenencia eclesial.
La sinodalidad como camino compartido
Al día siguiente, durante el encuentro con la Secretaría del Sínodo, el cardenal Mario Grech recordó a los obispos que la sinodalidad no debe entenderse como un programa, una estrategia o una estructura organizativa.
La reflexión recoge que la sinodalidad es, ante todo, una forma de caminar juntos, escuchar al Pueblo de Dios y discernir comunitariamente bajo la guía del Espíritu Santo. Asimismo, enfatiza que no se trata de un modelo democrático, sino de un proceso eclesial fundamentado en la comunión, la participación y la misión.
A partir de ambas reuniones, el artículo plantea que el kerigma y la sinodalidad no son dimensiones opuestas ni independientes, sino realidades que se complementan mutuamente.
“La transmisión de la fe es la misión; la sinodalidad, la manera de llevarla a cabo”, resume la reflexión.
El papel de la vida espiritual
La reflexión se enriqueció además con la audiencia que los obispos mantuvieron con el Papa León XIV, quien destacó la importancia de la vida espiritual en el ejercicio del ministerio episcopal.
Utilizando la imagen del cultivo de la tierra, el Pontífice recordó que antes de esperar frutos es necesario preparar el terreno y cuidar las raíces. Desde esta perspectiva, el artículo interpreta que la vida espiritual constituye el fundamento sobre el cual descansan tanto el anuncio del Evangelio como los procesos sinodales.
De esta manera, la reflexión propone una imagen integradora: el kerigma es la semilla, la sinodalidad es el método de cultivo y la vida espiritual es el terreno fértil que permite el crecimiento de ambos.
Una lección para la Iglesia del Caribe
El artículo sostiene que una de las principales enseñanzas de la experiencia Ad Limina es que la misión fundamental de la Iglesia sigue siendo ayudar a las personas a encontrarse con Jesucristo.
Por ello, todas las estructuras eclesiales, los procesos pastorales, las escuelas, parroquias y movimientos deben orientarse a ese propósito. Desde esta perspectiva, la sinodalidad no sustituye la evangelización, sino que la fortalece y la hace más efectiva.
La reflexión adquiere especial relevancia para el contexto caribeño, donde muchas familias enfrentan dificultades para transmitir la fe a las nuevas generaciones y donde numerosos jóvenes buscan respuestas existenciales fuera del ámbito eclesial.
En ese escenario, la Conferencia Episcopal de las Antillas advierte sobre el riesgo de separar el método de la misión. La transmisión de la fe, concluye el artículo, sigue siendo el corazón de la Iglesia, mientras que la sinodalidad es el camino que permite que esa misión se viva y se comparta en comunidad.
Como síntesis de la experiencia vivida en Roma, la reflexión propone un orden que considera esencial para la vida eclesial: primero el kerigma, después la sinodalidad y, sosteniendo ambos, una profunda vida espiritual. Un itinerario que, según el texto, recuerda la lógica del Evangelio: preparar la tierra, sembrar la semilla y cuidar la cosecha.
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