“La sinodalidad no se automatiza”: Moisés Sbardelotto reflexiona sobre la Iglesia y la inteligencia artificial a la luz de Magnifica Humanitas

“La sinodalidad no se automatiza”: Moisés Sbardelotto reflexiona sobre la Iglesia y la inteligencia artificial a la luz de Magnifica Humanitas
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En un tiempo de expansión acelerada de la inteligencia artificial y la transformación de las relaciones humanas en la cultura digital, la Iglesia se enfrenta al desafío de discernir cómo vivir la comunión, la escucha y la misión en nuevos escenarios culturales y tecnológicos. La reciente encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV ha abierto un amplio debate sobre la dignidad humana, el impacto de los algoritmos y la necesidad de una ética capaz de poner a la persona en el centro del desarrollo tecnológico.

Moisés Sbardelotto

Para profundizar en estas cuestiones, el Observatorio Latinoamericano de la Sinodalidad conversa con Moisés Sbardelotto, profesor de la Pontificia Universidad Católica de Minas Gerais, periodista, doctor en Ciencias de la Comunicación y referente latinoamericano en el campo de la comunicación digital y la pastoral en ambientes digitales. Coordinador del Grupo de Reflexión sobre Comunicación de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil e integrante del Grupo de Trabajo de Frontera Tecnológica del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño, Sbardelotto reflexiona sobre los desafíos que la inteligencia artificial plantea para la sinodalidad, la comunicación eclesial y la construcción de una cultura del encuentro en medio de plataformas, algoritmos y nuevas formas de interacción humana.

En esta entrevista, el investigador brasileño advierte sobre los riesgos de una confianza acrítica en la tecnología, pero también señala las posibilidades de una Iglesia capaz de promover una presencia digital más humana, dialogal y profética, inspirada en la escucha, el discernimiento comunitario y el cuidado de la casa común.

La sinodalidad en la era digital

Pregunta: Ante la encíclica del Papa Leo XIV sobre inteligencia artificial y humanidad, ¿qué desafíos considera más urgentes para que la Iglesia viva una sinodalidad en la cultura digital?

Respuesta: Uno de los desafíos más urgentes para la comunidad eclesial en general es comprender que la cultura digital no es un instrumento externo a la Iglesia, sino un verdadero ambiente de existencia y de relación. Como afirma el papa, “el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo: nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma” (Magnifica humanitas, n. 4). La tecnología, continúa, no es un mal en sí misma, pero tampoco es una solución a los problemas humanos ni es neutral, porque es resultado de quien la concibe, la financia, la regula y la utiliza. Y “esto hace que sea más complejo evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común”. Si, como afirma León, “el bien común, en el ámbito eclesial, toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del Reino” (MH 86), la sinodalidad exige mucho más que presencia institucional en plataformas digitales. Exige una capacidad eclesial de escucha, discernimiento y corresponsabilidad dentro de una ecología comunicacional profundamente transformada por algoritmos y plataformas. El riesgo es reducir la sinodalidad a mera conectividad técnica o participación funcional. Pero la escucha sinodal implica apertura real a la alteridad, al conflicto, a la vulnerabilidad y al encuentro humano. En una cultura marcada por la aceleración, la eficiencia y la fragmentación, la Iglesia está llamada a dar testimonio de otra lógica: la de la gracia, del dono gratuito, del encuentro, de la comunión. Además, es importante reconocer que la cultura digital está profundamente vinculada a la crisis socioambiental de nuestra “casa común”. La inteligencia artificial no pide solo una tarea tecnológica, sino también “ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común” (MH 110). Por eso, la sinodalidad en la era digital debe integrar también esa conciencia, conectando la escucha del clamor de la tierra y también del clamor de los pobres.

El entorno digital no es un mundo paralelo o puramente virtual

P.: Usted suele afirmar que “lo virtual es real”. En un contexto de algoritmos e inteligencia artificial, ¿cómo puede la Iglesia fortalecer espacios auténticos de escucha, participación y discernimiento comunitario?

R.: La verdad es que no me gusta el concepto de “virtual” como sinónimo de digital. Cuando afirmo que “lo virtual es real”, intento justamente superar una falsa oposición entre presencialidad y virtualidad. Este último es un concepto filosófico mucho más complejo, que no tengo condiciones de explorar acá, pero no significa irrealidad, mucho menos dice respeto apenas a la digitalidad. En su nueva y primera encíclica, León rescata una afirmación de Benedicto XIV que es fundamental para esa reflexión: el entorno digital “‘no es un mundo paralelo o puramente virtual’, porque lo que surge en internet pasa a formar parte de la vida de las personas” (MH 135). Las experiencias digitales producen efectos concretos en la vida humana: generan vínculos, conflictos, comunidades, exclusiones, espiritualidades y búsquedas de sentido. Hoy, con la expansión de los algoritmos y de la IA, esto se vuelve aún más complejo, porque nuestras relaciones pasan a ser mediadas por sistemas que organizan visibilidades y silencios, así como formas de interacción. Por eso, la Iglesia necesita fortalecer una presencia plena y auténtica de escucha y discernimiento comunitario, de modo que las personas no sean reducidas a datos, perfiles o métricas de participación. La sinodalidad digital no puede confundirse con la mera circulación de opinión religiosa en red (por el contrario, muchas veces la supuesta “libertad de expresión” en ámbito católico ¡se convierte en una verdadera “caza a los herejes”, incluyendo al propio papa!). Una Iglesia sinodal trata de promover procesos comunicacionales verdaderamente dialógicos, donde las diferencias puedan encontrarse y donde la palabra del otro no sea absorbida por la lógica de polarización de las plataformas. La escucha sinodal, en el ambiente digital, exige cuidado y capacidad crítica frente a las arquitecturas algorítmicas que tienden a reforzar solamente aquello que confirma nuestras propias visiones del mundo – o, lo que es peor, las de sus arquitectos y actores privados, que en general buscan apenas maximizar sus lucros mediante la atracción constante de nuestra atención y la extracción de nuestros datos. Pero, mismo en medio de todo eso, afirma el papa, hay “una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad” (MH 10).

“La sinodalidad no puede ser automatizada”

P.: ¿De qué manera la inteligencia artificial está transformando la comunicación eclesial y qué riesgos existen de que la lógica tecnológica termine debilitando la dimensión humana y pastoral de la sinodalidad?

R.: La IA ya está transformando la comunicación eclesial porque altera no solo las herramientas de comunicación, sino también las dinámicas de producción de sentido y construcción de relación. Hoy ya convivimos con sistemas capaces de generar textos, imágenes, audios y experiencias comunicacionales que antes eran consideradas exclusivamente humanas. Este fenómeno configura un verdadero “duplo giro lingüístico”, donde las máquinas ya no solo transmiten información, sino que configuran lo común y median nuestra relación con el entorno. Esto abre posibilidades importantes para la evangelización y la circulación del conocimiento teológico y pastoral. Pero también existen riesgos significativos. Uno de ellos, quizás el más profundo desde una perspectiva teológica, es lo que el Papa León XIV, en su primer mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, llama la sacralización de la IA: la tendencia a elevarla al rango de “amiga omnisciente, archivo de toda memoria y oráculo de todo consejo”. Lo que el papa señala con agudeza es que esos papeles – la omnisciencia, la memoria total, la sabiduría plena – fueron históricamente reservados por la tradición bíblico-teológica a la mediación divina. Transferir esas expectativas sagradas a un sistema que, por definición, no puede corresponderlas, es un empobrecimiento espiritual de largo alcance pastoral. Otro riesgo es que la lógica tecnológica – basada en automatización, optimización y eficiencia – termine debilitando dimensiones esenciales de la experiencia eclesial, como la escucha y el acompañamiento humano, que demandan “perder tiempo” con el otro. Entonces, la sinodalidad no puede ser automatizada. Un algoritmo puede organizar información, pero no puede hacer un discernimiento espiritual. El gran desafío es evitar que la Iglesia adopte una “confianza ingenuamente acrítica”, como la llama el papa, en relación a la racionalidad tecnocrática dominante, reduciendo la comunicación pastoral a estrategias de visibilidad y performance digital. Diversas investigaciones ya documentan consecuencias preocupantes para nuestras capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas: la IA, de hecho, puede presentarse como una inteligencia artificial degenerativa de nuestros dones y talentos. Al ceder a las máquinas nuestras funciones mentales e imaginación, nos convertimos en “meros consumidores pasivos de pensamientos no pensados, de productos anónimos, sin autoría ni amor”, como dice León XIV. Sin autoría, no hay corresponsabilidad por ese contenido; sin amor, ningún afecto orienta la elección de las palabras, ningún cuidado moldea la argumentación. Para una comunicación eclesial que se quiere encarnada y profética, este riesgo no es menor. La comunicación eclesial necesita continuar siendo profundamente humana y humanizante, incluso en ambientes digitales y mediados por IA. Y en su primera encíclica, León es muy claro: “Las comunidades cristianas también deben comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos. Lamentablemente, no siempre ha sido así” (MH 138). Por eso, el papa propone un examen de conciencia sobre las palabras que usamos: “Debemos decir ‘no’ a la guerra de las palabras y de las imágenes, debemos rechazar el paradigma de la guerra” (MH 214). Como antídoto teológico y pastoral frente a este riesgo, la Iglesia debe rescatar con urgencia una comunicación cordial, vinculada directamente a la profundidad del corazón, el afecto y el testimonio encarnado, incluso frente a “verdades incómodas sobre nosotros mismos”, como dice el papa.

Sinodalidad frente a la fragmentación

P.: El Papa Francisco y ahora el Papa León insisten en la importancia de una comunicación que construya comunión. ¿Cómo puede la Iglesia evitar que la inteligencia artificial profundice la polarización, la desinformación o las “burbujas digitales” dentro de las comunidades?

R.: Es necesario comprender críticamente cómo funcionan las dinámicas algorítmicas contemporáneas y reconocer que el riesgo de las “burbujas digitales” no es solo externo a las comunidades eclesiales, sino también interno a ellas. Los algoritmos tienden a mostrar a cada persona contenidos que confirman lo que ya piensa, reforzando identidades cerradas y debilitando la capacidad de encuentro con la diferencia. Peor aún: al optimizar la interacción personalizada a partir de datos acumulados sobre cada usuario, estos sistemas se convierten en “arquitectos ocultos de los estados emocionales”, como advierte el Papa León, modelando nuestra intimidad sin que lo percibamos claramente. En su mensaje sobre la comunicación, el papa describe este fenómeno con una imagen memorable: la IA construye un “mundo de espejos, donde todo está hecho a nuestra imagen y semejanza”. A diferencia de una verdadera alteridad, los sistemas algorítmicos no nos presentan al otro, sino un reflejo distorsionado de nosotros mismos. Como en el universo de Alicia a través del espejo, de Lewis Carroll, el espejo digital no reproduce simplemente lo real: lo moldea, lo reconfigura y hasta lo reconstruye según una lógica que no es infantil ni lúdica, sino económico-financiera e ideológica. La polarización digital no es apenas un problema informacional o de contenido, sino principalmente de ecologías comunicacionales enteras, estructuradas para favorecer la reacción inmediata, el conflicto y la simplificación. El riesgo es confundir el espejo con la ventana, y el reflejo con la realidad. En la Iglesia, esto puede alimentar comunidades digitalmente homogéneas, donde solo circula aquello que confirma una visión particular de la fe, iglesias paralelas donde la voz y el rostro del otro y del diferente son simplemente ignoradas o apagadas. En su encíclica, León reconoce la realidad de “las comunicaciones impulsivas, las retóricas agresivas y las lógicas de poder que marcan nuestro tiempo”, y, frente a eso, invita a “favorecer el diálogo con todos, incluidos los interlocutores que se consideran más ‘incómodos’ […] utilizando hasta el extremo la humildad y la paciencia” (MH 224). Frente a eso, la sinodalidad también puede ofrecer una contribución fundamental precisamente porque propone y construye una cultura del encuentro que deliberadamente cultiva la diferencia. Esto implica también exigir que los algoritmos sean transparentes: que sea evidente la autoría de los contenidos y rastreables las fuentes, para evitar que estas se reduzcan a una sola voz o a un pensamiento único, en detrimento de la pluralidad de perspectivas que la sinodalidad busca cultivar. Por eso, como defiende León, nadie puede afrontar por sí solo el desafío de gobernar la IA, pero es necesario crear mecanismos de protección frente al control del oligopolio de los sistemas algorítmicos. Los legisladores nacionales y las entidades reguladoras supranacionales, en particular, deben vigilar sobre el respeto de la dignidad humana, incluso mediante una “reglamentación adecuada”, como pide el papa.

La dignidad humana, el bien común y el cuidado de la casa común

P.: Desde su reflexión sobre cultura digital, ¿qué criterios éticos deberían orientar el uso de herramientas de inteligencia artificial por parte de medios católicos, agentes pastorales y comunicadores eclesiales?

Pienso que los principales criterios ético-digitales para la Iglesia deben ser la tríada de su propria enseñanza social: la dignidad humana (¡infinita!), el bien común y el cuidado de la casa común. La cuestión no es solamente qué la tecnología permite hacer, sino qué tipo de humanidad y qué tipo de sociedad estamos ayudando a construir mediante su adopción. La IA, así como cualquier tecnología, nunca es neutral. Ella incorpora visiones del mundo, intereses económicos, sesgos culturales y estructuras de poder. Además, las desigualdades digitales reproducen y amplifican desigualdades históricas ya presentes en nuestras sociedades latinoamericanas. Las periferias sociales y geográficas muchas veces participan apenas como consumidoras (o incluso cobayas) de tecnologías y sistemas desarrollados en otros contextos culturales y económicos, sin verdadera participación en sus procesos de regulación y gobernanza. Por eso, su accionamiento pastoral exige discernimiento crítico. En ese sentido, vale recordar que la propia Iglesia ya asumió compromisos concretos al suscribir el Llamamiento de Roma por una Ética de la IA, junto con empresas tecnológicas, instituciones gubernamentales y civiles, y líderes de las más grandes religiones mundiales. Ese documento articula seis principios que pueden ser traducidos también para la comunicación eclesial: transparencia de uso de los sistemas de IA; inclusión de todas las personas en los procesos eclesiales digitales; responsabilidad de quienes adoptan tales sistemas; imparcialidad, para evitar prejuicios y discriminaciones que salvaguarden la dignidad de cada persona; confiabilidad, para prevenir desvíos imprevistos; y seguridad y respeto a la privacidad de las personas. A estos añadiría un criterio que me parece insoslayable desde la ética cristiana contemporánea: la atención a los impactos socio-ambientales de la digitalización. Como recuerda Francisco en Laudato si’, no hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola crisis socioambiental. También la digitalización tiene impactos desiguales, porque el peso ecológico y económico de la IA afecta sobre todo a las poblaciones y los territorios más pobres y vulnerables. El ambiente digital torna aún más evidente aquello que Francisco repetía constantemente: que todo está íntimamente relacionado en el mundo. A veces hablamos de la “nube” como si fuese algo inmaterial, pero la IA posee una pesada materialidad ecológica: consumo energético, extracción mineral, explotación laboral y concentración de poder tecnológico. Desde esta perspectiva, todo discernimiento ético debe evaluar si el desarrollo técnico protege o degrada el “humus común” de nuestra “casa común”: esa base biológica, mineral, energética y humana compartida, sobre la cual la IA se sostiene y que nos une indisolublemente a toda la creación. Lo que importa es que estos principios no sean solo declarativos, sino que orienten concretamente las decisiones editoriales, formativas y pastorales de los medios y agentes eclesiales.

La sinodalidad, es el testimonio que la Iglesia puede ofrecer hoy al mundo digital

P.: Pensando en el futuro de la evangelización, ¿cree que la sinodalidad puede ayudar a que la Iglesia no solo “use” la inteligencia artificial, sino que también proponga una mirada crítica y humanizadora frente al poder tecnológico global?

R.: Sí, porque la cuestión decisiva hoy no es apenas tecnológica, sino antropológica, cultural y espiritual. ¿Qué significa ser humano en una sociedad cada vez más automatizada? ¿Qué tipo de relaciones queremos construir? ¿Qué lugar damos a la alteridad? La sinodalidad ofrece una respuesta importante porque desplaza el centro desde el individuo aislado hacia la relacionalidad. En ese sentido, creo que la Iglesia puede contribuir defendiendo y proponiendo lo que me gusta llamar un humanismo digital integral: una visión del mundo y de la realidad que no es “humano-centrada” de forma aislada, sino que comprende al ser humano desde sus redes de relaciones – con otras personas, con las tecnologías y con la comunidad de seres y elementos de la casa común – superando tanto el individualismo como el reduccionismo tecnocrático. La sinodalidad recuerda, además, algo que a veces olvidamos: la innovación tecnológica nunca determina tiránicamente las prácticas sociales. Pasa siempre por procesos complejos de reinvención social, a partir de lo que las diversas culturas y comunidades deciden hacer con las tecnologías – y también más allá de ellas. Eso es particularmente importante en América Latina, donde las culturas populares poseen formas propias de relación y memoria que no pueden ser reducidas a la lógica homogénea de las plataformas globales. Y eso empieza por la formación y la educación. Como señala el propio León XIV, así como la revolución industrial exigió una alfabetización mínima para que las personas pudieran responder a las novedades tecnológicas de su tiempo, también la revolución digital exige una literacidad digital con formación humanística y cultural. La Iglesia, con su vasta red de instituciones educativas – desde las escuelas y los seminarios hasta las universidades y centros de investigación –, está singularmente capacitada para asumir esa tarea en todo el mundo y particularmente en nuestro continente: formar personas con competencia técnica, espíritu crítico y visión humanista. Por eso León también habla de la necesidad de una “ecología de la comunicación”, que es también sinodal, al involucrar el ámbito de las normas públicas, a fin de establecer reglas y criterios comunes; el ámbito social y cultural, a fin de fortalecer los organismos intermedios como un periodismo serio; el ámbito de la escuela y la familia, para construir una nueva conciencia educativa; y el ámbito de la universidad, para formar en la capacidad de conectar y fusionar saberes para interpretar la complejidad (cf. MH 137). En suma, frente a una lógica tecnocrática que tiende a cuantificar toda la experiencia humana, la sinodalidad recuerda que la vida humana es encuentro y escucha, comunión y participación. Y quizá este sea uno de los testimonios más importantes que la Iglesia puede ofrecer hoy al mundo digital.

Descargue aquí: https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

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