El Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (Celam) realizó el octavo encuentro virtual del itinerario de implementación del Sínodo, dedicado a “La valorización del Sínodo Diocesano (DF 108)”, un espacio que convocó a participantes de distintos lugares de América Latina y el Caribe para reflexionar sobre la oportunidad de celebrar sínodos en las Iglesias locales, sus procesos de preparación y las condiciones necesarias para que sus frutos tengan continuidad.
La jornada tomó como referencia el número 108 del Documento Final de la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que propone valorar el Sínodo Diocesano como una instancia de consulta periódica del obispo al Pueblo de Dios, así como un espacio de escucha, oración y discernimiento. El encuentro también abordó su función como organismo para evaluar globalmente la vida pastoral y proyectar a mediano y largo plazo la acción evangelizadora de una diócesis.
La reflexión estuvo a cargo de la teóloga chilena Sandra Arenas, del presbítero argentino Carlos María Galli y de Tamara Analiz, secretaria general del Tercer Sínodo de la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo, quienes aportaron perspectivas teológicas y experiencias pastorales concretas.
Tradición que puede renovar la vida de las Iglesias locales
Sandra Arenas inició su ponencia recuperando la experiencia de los sínodos diocesanos celebrados en Chile después del Concilio Vaticano II. Recordó algunas de las preguntas que marcaron aquellos procesos: “Iglesia de Santiago, ¿qué dices de ti misma?”, “¿Cómo sirves al ser humano de esta tierra?” y “Señor Jesús, ¿qué tenemos que hacer?”. Para la teóloga, estas preguntas expresaron distintas dimensiones de la vida sinodal: identidad, misión y discernimiento.
Arenas explicó que el número 108 del Documento Final propone valorar el Sínodo Diocesano como una instancia periódica de consulta del obispo a la porción del Pueblo de Dios que le ha sido confiada. Se trata, señaló, de un espacio de escucha, oración y discernimiento, pero también de rendición de cuentas, incluida la protección de menores y la administración de los bienes.
La experiencia chilena, según expuso, muestra la capacidad de estos procesos para ayudar a las Iglesias locales a recibir el Concilio Vaticano II desde sus propias realidades. Entre 1967 y 2018, Chile celebró 39 sínodos diocesanos, frente a los 18 realizados durante los casi cuatro siglos anteriores. Estos procesos abordaron cuestiones vinculadas con las comunidades de base, la reforma agraria, la dignidad humana, la opción por los pobres, la educación para la democracia, las migraciones y la conversión pastoral.
Para Arenas, uno de los aprendizajes está relacionado con la participación. En varios de estos procesos el laicado fue mayoría y se desarrollaron consultas amplias durante varios años. En algunos casos, incluso se registraron las sugerencias que no habían alcanzado una votación favorable, como expresión de que el sentido de fe del Pueblo de Dios no se agota en aquello que obtiene una mayoría.
Escuchar, discernir y recibir
La teóloga identificó tres cauces para fortalecer los procesos sinodales: la participación de todo el Pueblo de Dios, el discernimiento compartido y el vínculo entre lo local y lo universal. Respecto a la participación, habló sobre la necesidad de integrar mejor a mujeres, jóvenes y personas que viven en situación de pobreza, y no limitar la consulta a quienes ya participan habitualmente en las estructuras internas de la Iglesia.
En cuanto al discernimiento, explicó que el Documento Final distingue entre la elaboración de una decisión, que se realiza mediante la participación de todos, y la toma de decisiones, que corresponde a la autoridad. Sin embargo, ambas dimensiones no deberían entenderse como contrapuestas. “La autoridad no se apartará del fruto concorde de la consulta sin una razón expresada”, recordó, subrayando la importancia de que el obispo explique cómo ha acogido aquello que el Pueblo de Dios ha discernido.
Arenas propuso que cada Sínodo pueda contar con un acto público de recepción en el que el obispo explique qué decisiones asume, cuáles quedan pendientes y por qué. “No como control, sino como forma de comunión”, precisó. Al cerrar su intervención, dejó una imagen que sintetizó buena parte de su reflexión: existen dos silencios en la vida sinodal. Uno es el silencio necesario para escuchar y orar, creando espacio para que el otro pueda hablar. El segundo aparece cuando aquello que ha sido discernido no encuentra caminos para ser recibido. “Valorizar el sínodo diocesano es cultivar el primero y hacernos cargo del segundo”, remarcó.
Sinodalidad y misión van de la mano
El presbítero Carlos María Galli situó el Sínodo Diocesano desde una perspectiva eclesiológica y pastoral. Citando la encíclica Magnífica Humanidad del Papa León XIV, señaló que “el bien común en el ámbito eclesial toma el rostro de un estilo sinodal para la misión al servicio del reino”. Desde allí, subrayó que el sujeto de la sinodalidad y de la misión es el conjunto del Pueblo de Dios.
Galli presentó tres miradas para comprender el Sínodo Diocesano: la eclesiológica, la teológico-pastoral y la relacionada directamente con la vida sinodal. En la primera, explicó que el Sínodo constituye una expresión especialmente significativa de la vida de una Iglesia local, que es plenamente Iglesia, aunque no sea la totalidad de la Iglesia, pues vive en comunión con las demás Iglesias particulares y con la Iglesia de Roma.
El teólogo argentino insistió también en que la sinodalidad no puede separarse de la misión. “La sinodalidad es para la misión”, remarcó, advirtiendo sobre el riesgo de una Iglesia autorreferencial. Para él, se trata de una Iglesia centrada en Cristo y orientada al servicio del Reino de Dios. Las diócesis pueden aprender unas de otras y compartir sus dones, experiencias y procesos, incluyendo vínculos de hermandad entre comunidades de distintos lugares. De este modo, el Sínodo puede adquirir un rostro que nace de la realidad local, pero que permanece abierto a la dimensión regional, continental y universal de la Iglesia.
La experiencia de Buenos Aires
Galli compartió también algunos elementos de su experiencia como coordinador teológico del Primer Sínodo de Buenos Aires, celebrado entre 2017 y 2021. Señaló que un sínodo es al mismo tiempo una expresión de comunión y un acto de gobierno, en el que se articulan responsabilidades diferenciadas entre los miembros del Pueblo de Dios y el obispo, quien tiene la misión de guiar acogiendo lo que emerge del proceso.
Uno de los desafíos que identificó es la relación entre la celebración de un sínodo y su implementación posterior. A su juicio, no basta con cuidar la preparación y las sesiones sinodales; también es necesario garantizar la continuidad de aquello que fue discernido. Ante la pregunta sobre cómo acelerar la realización de sínodos diocesanos, Galli recordó que cada Iglesia local tiene sus propios tiempos, pero que todas están llamadas a asumir la riqueza de estos procesos. El Sínodo Diocesano, explicó, es un acontecimiento extraordinario, mientras que la vida pastoral ordinaria se desarrolla cotidianamente.
Manifestó como cuestión pendiente la relación entre el sínodo y las estructuras permanentes de participación de cada diócesis: consejos pastorales, posibles consejos sinodales y otros organismos. “Tenemos raíces y tenemos alas”, expresó para explicar la necesidad de permanecer arraigados en una Iglesia local y, al mismo tiempo, abiertos a una realidad marcada por la movilidad.
San Juan de Cuyo: un sínodo construido desde la escucha
La experiencia pastoral de la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo permitió conocer cómo un proceso sinodal puede desarrollarse en distintas etapas y con una amplia participación. Tamara Analiz presentó el camino del Tercer Sínodo de San Juan, iniciado en 2024 y actualmente en fase de implementación.
La arquidiócesis, que comprende toda la provincia de San Juan y cuenta con 47 parroquias, retomó una tradición que se remontaba a comienzos del siglo XX. El primer Sínodo de San Juan fue convocado en 1916 y el segundo, diez años después. El tercero fue convocado en 1936, aunque no pudo celebrarse. Casi un siglo después, en 2024, comenzó el nuevo proceso sinodal.
La primera etapa, desarrollada durante el segundo semestre de 2024, estuvo dedicada a la escucha y la preparación. Se realizaron 71 asambleas, además de entrevistas a actores sociales y una consulta amplia al Pueblo de Dios mediante una herramienta digital. Las entrevistas recibieron 126 respuestas, mientras que la consulta abierta alcanzó 416 participaciones.
Misión, espiritualidad y escucha
De este proceso surgieron 11 desafíos que fueron recogidos en un primer documento de trabajo. Posteriormente, durante el primer semestre de 2025, 653 personas participaron en una instancia en la que se priorizaron tres desafíos: misión, espiritualidad y escucha. Estos se convirtieron en los tres grandes temas del Tercer Sínodo de San Juan.
La tercera etapa correspondió a las sesiones sinodales, realizadas entre junio y noviembre de 2025, con 291 delegados. Los participantes trabajaron en comunidades de discernimiento mediante la metodología de la conversación en el Espíritu. Finalmente, todos los párrafos del documento final fueron aprobados con más del 90% de los votos.
En febrero de 2026, el arzobispo aprobó mediante decreto el documento final y comenzó la cuarta etapa: la implementación. En esta fase, la arquidiócesis volvió a las comunidades y a las asambleas pastorales. Hasta el momento de la presentación se habían celebrado 58 asambleas, mientras que los organismos consultivos y participativos de la arquidiócesis asumieron progresivamente la tarea de acompañar la implementación.
El desafío de hacer de la sinodalidad un modo de vida
Durante el diálogo final, Sandra Arenas señaló que uno de los desafíos más urgentes para las diócesis que desean convocar un sínodo es generar una convicción sobre la sinodalidad como modo de ser y hacer Iglesia. “No se trata de hacer una democracia en la comunidad, sino de buscar lo que el Espíritu le pide a la Iglesia y a las Iglesias”, explicó. Para la teóloga, esta convicción debe preceder a la creación de estructuras capaces de canalizarla.
Desde San Juan de Cuyo, Tamara Analiz identificó la primera etapa: la preparación y la escucha, como la más exigente en términos de trabajo. Entre las claves para sostener el proceso mencionó la participación de animadores sinodales en las parroquias, la articulación con las distintas pastorales y la incorporación de jóvenes.
En este último aspecto, explicó que se estableció como criterio que uno de los tres delegados de cada parroquia fuera joven. La consulta amplia al Pueblo de Dios también mostró una participación significativa de jóvenes.
Fuente: ADN Celam – Micaela Díaz
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