El teólogo brasileño Francisco de Aquino Júnior ofrece una provocadora y esperanzadora reflexión en su artículo “La sinodalidad como profecía social”, publicado en el número 190 de la Revista Medellín (enero-junio de 2025). Disponible para su descarga gratuita , este texto propone una lectura del actual proceso sinodal como una oportunidad no solo de renovación eclesial, sino también de transformación social. Aquino Júnior destaca que la sinodalidad no debe vivirse como un fin en sí mismo, sino como expresión y medio de la misión de la Iglesia en el mundo.
Francisco de Aquino Júnior es presbítero de la Diócesis de Limoeiro do Norte (Ceará, Brasil), doctor en Teología por la Universidad de Münster (Alemania), y profesor en la Facultad Católica de Fortaleza y en la Universidad Católica de Pernambuco. Su amplio trabajo en teología pastoral y eclesiología crítica lo posiciona como una voz destacada en la reflexión latinoamericana sobre los caminos de reforma y conversión sinodal.
Sinodalidad y misión: inseparables en la vida de la Iglesia
Desde el inicio del artículo, el autor insiste en que la sinodalidad está intrínsecamente unida a la misión de la Iglesia: “Sinodalid y misión son inseparables y se remiten mutuamente”. Esta conexión exige repensar las estructuras eclesiales a la luz de su dimensión misionera: no se trata de organizar la Iglesia primero y después pensar su misión, sino de construir estructuras que sean ya signos y medios del Reino de Dios.
De Aquino Júnior retoma el legado del Concilio Vaticano II y afirma que no cualquier forma de organización eclesial es compatible con su naturaleza. La sinodalidad, como “dimensión constitutiva” de la Iglesia, debe plasmarse en estructuras que expresen comunión y participación reales, superando lógicas clericales y centralistas. “Una Iglesia que se comprende como misterio de comunión, pero produce relaciones de dominación (…) niega en su estructura visible lo que se propone como misión”, afirma con contundencia.
Así, el dinamismo sinodal implica superar el clericalismo y promover una organización más horizontal, donde todos los carismas y ministerios encuentren espacio de reconocimiento y corresponsabilidad. Este camino es exigente, pero importante para que la Iglesia sea realmente fermento de comunión y servicio en el mundo.
Una Iglesia descentralizada para una sociedad fraterna
En el segundo bloque de su reflexión, el autor introduce el concepto de “diaconía social”: una Iglesia que, al organizarse sinodalmente, se descentra de sí misma y se pone al servicio del mundo, especialmente de los pobres y marginados. Esta perspectiva no es solo teológica, sino profundamente política y ética. “La Sinodalidad se constituye como auténtica ‘diaconía social’”, afirma, aludiendo a una Iglesia que encarna el ethos del Reino en sus relaciones internas y en su presencia en la sociedad.
La sinodalidad, vivida en clave misionera, impulsa una cultura del encuentro, el diálogo, la cooperación ecuménica e interreligiosa, y el compromiso con la justicia social. En palabras del autor, la Iglesia debe convertirse en “prueba y fermento de nuevas formas de relación”, colaborando activamente en la transformación de las estructuras sociales y en la defensa de los derechos humanos y de la casa común.
En este sentido, la sinodalidad se convierte también en un proceso de conversión permanente: del corazón, de las estructuras eclesiales y de la sociedad. Francisco de Aquino propone una auténtica “conversión social” que se concreta en “el lugar y el papel privilegiado de los pobres, el destino universal de los bienes, la primacía de la solidaridad y el cuidado de la casa común”.
Profecía social: la sinodalidad como voz y gesto en el mundo
Finalmente, el autor desarrolla la sinodalidad como “profecía social”, es decir, como denuncia de las estructuras de exclusión y anuncio de nuevas posibilidades de vida fraterna. En un mundo marcado por el individualismo, la desigualdad y el autoritarismo, la Iglesia sinodal puede ser un “estandarte entre las naciones”, como ya lo afirmara el papa Francisco.
La sinodalidad se vuelve profecía en tres direcciones principalmente: primero, como profecía de fraternidad y unidad, en una cultura que aísla y fragmenta; segundo, como profecía del diálogo y del bien común, frente a los modelos autoritarios de poder; y tercero, como profecía de justicia social y cuidado de la casa común, donde la Iglesia “escucha los gritos de los pobres y de la tierra” y actúa en consecuencia.
El texto concluye con un llamado a evitar que el proceso sinodal se encierre en sí mismo o se vuelva un ejercicio meramente organizativo. La verdadera Iglesia sinodal —dice Aquino Júnior— es la que se deja afectar por el sufrimiento humano, que camina junto a los pueblos, y que no pasa de largo ante “el Señor caído al borde del camino”.
“La sinodalidad como profecía social”, de Francisco de Aquino Júnior, está disponible en la página del Observatorio Latinoamericano de la Sinodalidad.
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