Por: Francisco Javier Burgos*
06 de agosto de 2026
Con el Concilio Vaticano II se inauguró en la Iglesia una eclesiología renovada desde la cual surgieron nuevos matices para comprender y vivir la comunidad eclesial como Pueblo de Dios, como comunidad de bautizados que caminan juntos y juntas, siendo corresponsables —por vocaciones distintas— de la misión que reciben de Cristo. Es a partir de esta visión y sueño eclesial que podemos hablar de sinodalidad, pues, si la Iglesia es Pueblo peregrino, entonces su forma propia de existir no puede ser otra que la de caminar juntos, discerniendo juntos, escuchándonos mutuamente y dejándonos conducir por el Espíritu. Así, la sinodalidad, más que un método de tomas de decisiones, es una forma de ser iglesia que se deja interpelar por la diversidad de voces, donde la escucha va más allá de ser una estrategia de comunicación para ser auténtica disciplina espiritual y de comunión.
El papa Francisco insistió tanto en distinguir la sinodalidad de un simple parlamentarismo eclesial, pues, lo que se busca en esta es verdaderamente discernir juntos lo que el Espíritu nos pide como Iglesia hoy. En tal sentido, la sinodalidad es una invitación concreta en, con y desde la Iglesia para enfrentar los desafíos cotidianos, avocarnos e involucrarnos en la necesaria transformación personal y colectiva, y esto con miras a avanzar la germinación de la semilla del reinado de Dios, de la cual la comunidad eclesial busca ser testimonio. Abrazar la sinodalidad, como respuesta de apertura al Espíritu, fortalece esa misión, reconociendo, valorando y promoviendo la diversidad de dones que unen a la comunidad de fe (1 Cor 12).
Este caminar juntos no puede limitarse a círculos cerrados, pues, una Iglesia sinodal que no es capaz de salir de sí misma corre el riesgo de caer en un ejercicio introspectivo, casi autorreferencial, preocupada más por sus propias estructuras que por el anuncio del Evangelio. Asimismo, una Iglesia que solo se percibe en salida sin un fuerte y arraigado sentido sinodal corre el riesgo de consumirse en un activismo pastoral donde el discernimiento comunitario está ausente, así como de caer en una misión sin raíces espirituales compartidas. De aquí que sea necesario soñar y concebir nuestra experiencia eclesial como Iglesia sinodal en perspectiva de Iglesia en salida; una Iglesia que busca ser fiel a su llamada, viviendo un “aggiornamento” constante, siendo capaz de anunciar al Dios de la Vida en las realidades complejas y cambiantes de nuestros tiempos, a la vez que es atenta y responsable a su propio caminar como comunidad en seguimiento de Jesús.
Siendo muy concretos y para no quedarnos en un ejercicio retórico, tenemos que ver la sinodalidad no como algo reservado a especialistas o a asambleas episcopales, sino que esta se juega en lo cotidiano: en la manera en que una parroquia recibe a quien llega por primera vez, en cómo una comunidad acompaña a las personas y familias en situaciones diversas, en el modo en que se toman decisiones en un movimiento laical o religioso, en la forma en que jóvenes y adultos mayores dialogan sobre el presente y futuro de su comunidad, en la manera como nos abrimos a lo diferente, a la otredad. Estos desafíos cotidianos son, en realidad, el lugar privilegiado donde una iglesia sinodal y en salida se pone a prueba y se hace carne.
Podríamos afirmar que estos desafíos cotidianos constituyen un lugar teológico y que, por lo tanto, responder a ellos exige una transformación personal y colectiva. Personal, porque nadie puede caminar sinodalmente si no está dispuesto a convertir su propia escucha, su manera de ejercer autoridad o de ceder protagonismo. Colectiva, porque las estructuras eclesiales —consejos pastorales, asambleas, procesos de consulta— deben rediseñarse con apertura para que la participación no se agote en formalismos institucionales, sino que sea real y decisoria.
En todo esto, los pequeños gestos son clave para ser Iglesia sinodal y en salida; y es que un gesto de escucha paciente, de renunciar a imponer la propia opinión, de asumir la valentía de nombrar lo que antes se callaba, de celebrar comunitariamente un logro, nos significa como comunidad fraterna y testimonial. Aunque parezcan lejanos, existe una relación dinámica muy íntima entre los pequeños gestos cotidianos de cada creyente y los grandes cambios estructurales de la Iglesia. Es en este movimiento cotidiano de conversión sinodal donde la vida nueva del Evangelio se va abriendo paso.
Dichos gestos tienen una doble dimensión. Hacía lo interno de la Iglesia, buscan renovar las relaciones de fraternidad, sanando las heridas de exclusión y autoritarismo y haciendo más creíble el testimonio comunitario. A lo externo de la comunidad eclesial, estos gestos apuntan al encuentro con quienes han sido marginados, con quienes se sienten lejanos, con las periferias existenciales, geográficas y tecnológicas, con una sociedad que precisa de creyentes y comunidades que sean sacramentos de escucha, acogida, compasión y justicia.
¿Pero en todo esto, qué podría significar la sinodalidad como promesa en la misión de la Iglesia?
Hablar de sinodalidad como promesa implica reconocer que se trata de un proceso inacabado, un horizonte hacia el cual la Iglesia avanza sin haberlo alcanzado plenamente, en constante apertura y escucha al Espíritu que nos anima. Por lo que no se reduce a una meta que se logra en una asamblea o en un documento final ni ha de entenderse como un episodio pasajero en la vida eclesial reciente, sino como una manera de existir, de ser Iglesia, que debe renovarse continuamente, una tarea permanente en la que se juega la fidelidad al Evangelio y al sueño del Concilio. Una Iglesia que sigue intentando hoy ser testimonio creíble del Reino que anuncia.
Caminar juntos no es un fin en sí mismo, sino el camino necesario para que la Iglesia pueda salir de sus fronteras habituales —geográficas, sociales, culturales, incluso mentales— y hacerse presente allí donde germina, muchas veces de manera silenciosa, la semilla del Reino. Es participar de una comunión que se traduce en misión compartida.
En fin, la sinodalidad es misión y promesa para una Iglesia en salida: misión, porque compromete a toda la Iglesia en su manera de existir y anunciar el Evangelio al mundo, y promesa, porque anticipa ya, en los pequeños y grandes gestos de conversión y de escucha, algo de la plenitud del Reino hacia la cual toda la comunidad eclesial camina.
* Teólogo latinoamericano original de la República Dominicana. Es miembro de la red Amerindia y de la Asociación de Estudios de Paz y Justicia de los Estados Unidos, donde reside y vive su experiencia de fe y pastoral en espacios que promueven el diálogo ecuménico e interreligioso en respuestas a los desafíos del mundo de hoy. Su reflexión teológica se nutre de su experiencia pastoral y comunitaria de Estados Unidos, América Latina y el Caribe.
