Por: Rosa Ramos*
09 de julio de 2026
“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…”
Antonio Machado
Estamos en un tiempo axial en nuestra Iglesia, con una invitación especial que ha sido uno de los legados más importantes del pontificado de Francisco y que León XIV ha asumido. Es un momento nuevo que significa, o puede significar, un salto cualitativo, si es bien comprendido y asumido con magnanimidad. Quizá ahí esté la clave: comprender cabalmente, ser capaces de arriesgar abandonando seguridades (pseudo seguridades, pues han caducado) y mucha grandeza de alma.
Como ha dicho reiteradamente el teólogo Rafael Luciani, la Sinodalidad es a la vez recepción, maduración y paso ulterior respecto al Concilio Vaticano II. Estamos ante la eclesiología del Pueblo de Dios. Esa categoría que fue clave en el Concilio y luego barrida bajo la alfombra, hoy adquiere nueva visibilidad, pero también una concepción nueva, que requiere ir más allá de un método de diálogo y escucha en círculos y supone más que la conversación en el Espíritu. Ir más allá y caminar —no deambular, parafraseando a Jon Sobrino, abriendo caminos nuevos, o apenas senderitos.
El Documento final del Sínodo habla de “Iglesia toda” e “iglesia local”. Incluye realmente a la totalidad de los bautizados y no como categoría abstracta, sino teniendo en cuenta las realidades sociales, políticas, económicas, históricas, globales y locales, en suma.
Iglesia sinodal implica que estamos ante una concepción eclesiológica que supone a todo el Pueblo de Dios como un lugar teológico. Pueblo de Dios, que, recordando la audacia de Lumen Gentium, incluye a toda la humanidad de “buena voluntad”, es decir bien dispuesta a la mutua colaboración para acelerar lo que Jesús llamaba “reino de Dios”. Un mundo donde quepamos todos, un camino de humanización soñada desde la creación incompleta, precisamente para dar espacio a la libertad —que “ha de ser liberada”, al decir de González Faus—, y la responsabilidad compartida.
Afirmar que el Pueblo de Dios en su totalidad es un lugar teológico, de revelación divina, es algo muy fuerte. No es fácil de creer, hay que hacer una apuesta valiente a ello, como aquella de Pascal en tiempos lejanos. Una apuesta siempre es algo arriesgado, se puede perder, pero en este caso ganarla daría lugar a ese cambio cualitativo para la Iglesia en tiempo axial.
Percibo y me inquietan retrocesos, apuestas en sentido contrario a la sinodalidad que quiso abrir Francisco, dando prioridad a la autonomía de las iglesias locales, encarnadas, enraizadas en un territorio con historia e idiosincrasia propia. Retrocesos o interpretaciones parciales e interesadas: “sinodalidad entre nosotros”, entre los mismos, los católicos y más aún entre las “parcelas” de una congregación o instituto con escasos consagrados y con miembros dispersos por el planeta.
Percibo en eso un temor a lo diferente, a lo nuevo, y sobre todo percibo un afán conservador e infantil, como un niño que acapara defensivamente sus juguetes Se inventan estrategias, se invierten energías y recursos económicos en caminos sinodales “entre los nuestros”, los que comparten una fe y un carisma particular. Algunos de esos carismas tienen historias de unos cuantos siglos (pero, ¿qué son siglos en la historia?), otros apenas uno y medio o dos, nacidos en el siglo XIX, siglo de la gran atomización de la Iglesia y en concreto de la Vida Religiosa.
En su momento esas congregaciones o institutos respondieron a necesidades concretas de los cambios socioeconómicos, para atender la educación, las infancias huérfanas o pobres de una creciente urbanización, la salud de víctimas de enfermedades contagiosas, de ancianos abandonados. Proliferaron dichas congregaciones y sus obras por todo occidente, expandiéndose a territorios conquistados o a conquistar, por diversos motivos, también por creer que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. En muchos casos el o la fundadora pasaron a ser más referentes que Jesús y el reino de Dios por él anunciado con su vida. Sin duda un riesgo de la atomización: la miopía.
Intuyo un gran peligro de tergiversación, y por ende de fracaso del camino sinodal, en esos intentos de volver a la fuente, pero no del Abba de Jesús, no de la prioridad de buscar “el reino de Dios y su justicia”, sino de los del carisma particular, por afán de supervivencia.
Otro gran peligro se percibe en forma alarmante en el repliegue de católicos conservadores —contrarios a las orientaciones de Francisco y León— y de grupos evangélicos que se niegan a caminar sinodalmente con todo el Pueblo de Dios, multicolor, multiétnico, diverso… Se atrincheran en torno a personajes y proyectos políticos que van exactamente en la línea opuesta al “sermón de la montaña” y de Mt. 25, de los Derechos Humanos y de los Pueblos, tan denostados por ellos.
Hacer camino nuevo, sinodal. ¿será posible? Sí, lo creemos, lo esperamos, apostamos a eso junto con el actual Papa León y el impulso de las Asambleas. Pero sobre todo lo creemos porque los vemos trazar paso a paso, desde abajo, desde cerca, localmente. “Donde dos o más se junten en mi nombre y para bien, yo estaré personalmente, con ustedes yo estaré”, cantamos, actualizando Mt. 28, 20.
A modo de ejemplo muy concreto, en mi país laico y capital más laica que el resto, una parroquia barrial está logrando trabajar junto a los clubes sociales y las dos escuelas públicas (laicas, gratuitas y obligatorias), sus directoras, maestras, padres, la inspectora zonal, y los alumnos, obviamente. El objetivo: que los jóvenes al terminar la Primaria no queden a la deriva y a merced de tantos peligros, sino crear sentimientos de pertenencia y comunidad, redes de escucha y sostén. También que los adultos de distintos ámbitos y creencias se conozcan y confíen unos en otros. No se trata de “catequizar”, la parroquia que es motor de esta experiencia no busca “sacer rédito” en números de “fieles” ni sacramentos. Se trata de explorar y transitar paso a paso con los vecinos senderos nuevos, contraculturales, de fraternidad. Creemos que eso es hacer camino sinodal y apostamos a ello.
* Rosa Ramos es laica uruguaya, profesora de Filosofía con Maestría en Ciencias Religiosas, miembro de Amerindia y del Eje Mujeres del Celam. Es autora de los libros: ¿Espiritualidad uruguaya? Una mirada posconciliar (2013). Espiritualidad nazarena. Una mirada laical (2015), Historias mínimas. Rendijas al misterio humano (2019 y 2020). ¿Tiene sentido la aventura humana? Reflexiones para cristianos (2022), en coautoría con Armando Raffo, SJ.
