La conversión de los vínculos fue el tema de la tercera y última transmisión de una serie dedicada a reflexionar sobre las tres conversiones planteadas por el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad: la conversión de las relaciones, de los procesos y de los vínculos. La reflexión estuvo a cargo de Mariana Venâncio, doctora en Teología, profesora de la PUC de Rio Grande do Sul, integrante de la Comisión Episcopal Bíblico-Catequética de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) y de la Comisión Nacional de Animación del Sínodo.
Venâncio explicó que el Documento Final, fruto del proceso sinodal desarrollado entre 2021 y 2024, propone estas tres dimensiones como horizontes para una Iglesia capaz de recuperar y desarrollar su carácter sinodal. “Es necesario que nos dediquemos a estos tres horizontes de conversión: convertir, cambiar, mejorar en la perspectiva del Evangelio nuestras relaciones, los procesos dentro de la Iglesia y también los vínculos”, señaló.
En este marco, las Directrices Generales de la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil aparecen como un instrumento para la recepción del Sínodo. Según la teóloga, ambos documentos deben ser leídos de manera articulada, pues las directrices buscan acoger las propuestas sinodales y traducirlas en caminos de implementación para las diócesis brasileñas.
Iglesia enraizada en los territorios
La reflexión tuvo como uno de sus puntos principales la relación entre la Iglesia y los territorios donde desarrolla su misión. A partir del capítulo del Documento Final dedicado a los vínculos, Venancio resaltó que “la Iglesia no puede ser comprendida sin estar enraizada en un territorio concreto, en un espacio y en un tiempo donde se forma una experiencia compartida de encuentro con Dios que salva”.
Este enraizamiento implica conocer las culturas, los contextos, las personas, los desafíos y las esperanzas de cada lugar. Por ello, la parroquia, la diócesis, las provincias eclesiásticas y las distintas instancias de la Iglesia están llamadas a reconocer que no todas las comunidades tienen las mismas necesidades ni pueden desarrollar idénticas respuestas pastorales.
La conversión de los vínculos supone, así, transformar la manera en que la Iglesia se relaciona con el territorio donde está presente. Se trata de un espacio configurado por relaciones, culturas, estructuras sociales, diversidad religiosa y distintas expresiones de la vida comunitaria.
Venâncio subrayó además que este proceso comienza en la espiritualidad personal. “Nada hecho si nosotros no conseguimos cuidar los vínculos que establecemos en el lugar de nuestro corazón”, dijo. El primer vínculo, explicó, es el que cada persona establece con Jesucristo, desde el cual adquieren sentido las relaciones con la comunidad, con otras personas y con la sociedad.
Intercambio de dones y comunión
Otro concepto destacado durante la reflexión fue el intercambio de dones. Para Venâncio, la Iglesia no solamente tiene algo que ofrecer a las realidades donde está presente, también necesita reconocer y acoger los dones que existen en esos contextos.
“Entonces, la Iglesia tiene dones para ofrecer, pero también reconoce que es en el enraizamiento de las realidades locales, en el diálogo que ella puede establecer dentro de esos vínculos, que también acoge los dones que los signos de los tiempos pueden posibilitar”, expresó.
La conversión de los vínculos también implica revisar la manera en que las diócesis, parroquias, movimientos, comunidades religiosas y otras expresiones eclesiales colaboran entre sí. Las experiencias de cooperación entre diócesis, los proyectos misioneros, las colectas, el intercambio de personas y recursos, las Iglesias hermanas y los organismos de participación eclesial fueron presentados como ejemplos de vínculos que pueden expresar la comunión.
Pero el intercambio no se limita a los bienes materiales. También supone compartir experiencias, esperanzas, dolores, discernimientos y caminos para la misión. “No es solo yo mandar para otro lugar dinero o recursos financieros (…). Es también compartir dolores, esperanzas, caminos y discernimientos para la misión”, explicó.
La invitación, por tanto, es a cuidar los vínculos existentes y, al mismo tiempo, imaginar nuevas formas de cooperación que permitan a la Iglesia caminar de manera más conjunta.
Iglesia que sale al encuentro de la sociedad
La conversión de los vínculos tiene también una dimensión externa. La Iglesia está llamada a relacionarse con quienes se encuentran fuera de sus estructuras, buscando propósitos comunes orientados al bien de todas las personas.
Durante la transmisión se presentó como ejemplo la experiencia de la red Un Grito por la Vida, a través de su núcleo en Manaos, que trabaja junto a escuelas municipales y estatales en acciones de prevención de la violencia, el abuso, la explotación sexual y la trata de niños, adolescentes y jóvenes.
La experiencia también contempla alianzas con organismos públicos y otras instituciones sociales. Para Venâncio, este tipo de iniciativas expresa cómo la Iglesia puede unir sus fuerzas y sus dones con otros actores para promover el bien integral de las personas. “El horizonte para el establecimiento, para la conversión de estos vínculos es siempre el horizonte del discipulado misionero de Jesucristo”, dijo.
En esta perspectiva se sitúan también el diálogo ecuménico e interreligioso, la cooperación en proyectos sociales, el Pacto Educativo Global, la presencia de los cristianos en el ámbito político, la pastoral de la salud y las iniciativas relacionadas con el cuidado de la casa común.
La clave, sostuvo, es buscar propósitos compartidos incluso con personas que no profesan la misma fe: “Muchas veces no estaremos dialogando con personas que profesan la misma fe que nosotros (…), pero el punto de partida es la búsqueda de propósitos comunes para el bien de todos”.
El desafío de los vínculos en la cultura digital
La conversación también abordó la presencia de la Iglesia en el mundo digital y el papel de los influencers católicos. Venâncio reconoció que la cultura digital constituye un espacio que la Iglesia todavía está aprendiendo a habitar y evangelizar.
Uno de los principales desafíos está relacionado con las lógicas de las redes sociales, donde los contenidos confrontativos y violentos pueden alcanzar una mayor difusión. “No podemos ajustar el Evangelio a ese tipo de lenguaje que gana alcance en las redes sociales”, advirtió.
Al mismo tiempo, consideró que la Iglesia no puede renunciar a su presencia en estos espacios. El desafío consiste en encontrar formas de evangelización que permitan estar presentes en el ámbito digital sin abandonar el lenguaje propio del Evangelio, basado en el diálogo, la paz y la reconciliación.
En este contexto, pidió acompañar las experiencias de los influencers católicos no solo desde las instancias nacionales, sino también desde las propias Iglesias diocesanas. “Nuestra posición tiene que ser siempre posición de diálogo, de sinodalidad, de escucha”, recodó.
La teóloga también llamó la atención sobre fenómenos como la cultura de la cancelación, el bloqueo y los fundamentalismos. A su juicio, trasladar esas dinámicas al ámbito eclesial contradice la lógica sinodal.
Dialogar con quienes piensan diferente
Una de las cuestiones planteadas durante la transmisión se refirió a cómo mantener los vínculos con personas que tienen posiciones diferentes, incluso aquellas que son críticas con la sinodalidad o con determinadas opciones pastorales de la Iglesia.
Venancio fue sostuvo que la sinodalidad no puede construirse excluyendo a quienes piensan distinto. “Nosotros no construimos la sinodalidad si bloqueamos o cancelamos a los que están contra la sinodalidad”, expresó.
El diálogo, explicó, no significa renunciar a la identidad ni a las convicciones propias. Por el contrario, escuchar al otro puede ayudar a comprender las raíces de sus resistencias, dudas o desacuerdos y abrir posibilidades de entendimiento.
“La sinodalidad nunca va a exigir uniformidad”, sostuvo. Es posible caminar juntos en favor de la misión de la Iglesia aun cuando existan distintas maneras de comprender algunos aspectos de la vida eclesial.
En este sentido, la imagen que marcó el cierre de la reflexión fue la de construir puentes y no muros. La diversidad, lejos de ser necesariamente un obstáculo, puede convertirse en un don cuando se vive desde el diálogo y la comunión.
Reconocer las experiencias que ya existen
Otro desafío identificado durante la transmisión fue la necesidad de dar visibilidad a las experiencias de sinodalidad que ya se desarrollan en Brasil. Venâncio señaló que muchas iniciativas no son reconocidas explícitamente como experiencias sinodales, aunque en la práctica favorecen la participación, la cooperación y el intercambio de dones.
Mencionó, entre otras, el Pacto Educativo Global y el Programa Misionero Nacional. “Tenemos experiencias bonitas de sinodalidad en Brasil que muchas veces no son reconocidas como tales”, lamentó.
Nombrar y visibilizar estas experiencias puede contribuir a fortalecerlas, acompañarlas y generar nuevas iniciativas: “Es importante que no solo cuidemos estos vínculos que tenemos, sino que, con creatividad y con espíritu misionero, consigamos pensar otros vínculos que todavía pueden establecerse”.
Finalmente, Venâncio diferenció la conversión de las relaciones de la conversión de los vínculos. Mientras la primera se refiere especialmente a las relaciones interpersonales que cada bautizado establece en su vida cotidiana, la segunda pone mayor atención en las relaciones que la Iglesia, como comunidad e institución, establece tanto internamente como con otros ámbitos de la sociedad.
El encuentro cerró con la serie de tres transmisiones dedicadas a las conversiones de las relaciones, los procesos y los vínculos. La propuesta final fue asumir la sinodalidad como un camino que requiere escucha, diálogo, cooperación, intercambio de dones y capacidad para caminar junto a otros, dentro y fuera de la Iglesia.
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