Antes de ser elegido papa, Robert Francis Prevost ya había dejado en la diócesis peruana de Chiclayo una experiencia pastoral marcada por la escucha, la corresponsabilidad y la participación de los laicos. A partir de un reportaje de Justin McLellan, publicado por National Catholic Reporter, podemos reconocer que la sinodalidad no apareció en León XIV como una consigna reciente, sino como una práctica cultivada durante años en territorio latinoamericano. La etapa de Prevost como obispo de Chiclayo muestra a un pastor que, antes de ocupar la sede de Pedro, ya promovía estructuras capaces de integrar voces diversas y fortalecer la vida comunitaria de la Iglesia.
Diócesis marcada por la participación y las tensiones
Cuando Prevost llegó a Chiclayo en 2014, encontró una Iglesia viva, con una fuerte presencia de catequistas, agentes pastorales, movimientos laicales, comunidades religiosas y voluntarios, pero también con fragmentaciones internas y formas persistentes de clericalismo. Su desafío fue articular esa riqueza dispersa en una dinámica común, capaz de superar los compartimentos cerrados y de hacer que la diócesis caminara con mayor unidad, sin apagar la diversidad de carismas presentes en sus comunidades.
Uno de los pasos más significativos fue el impulso al Equipo Diocesano de Animación Pastoral, conocido como EDAP, integrado por sacerdotes, religiosas, religiosos, laicas y laicos que recibían formación bíblica, espiritual y pastoral para luego acompañar a las parroquias. Ese equipo recorrió buena parte de la diócesis, escuchó necesidades concretas y ayudó a organizar iniciativas comunitarias, desde espacios juveniles hasta acciones de servicio, haciendo que la pastoral no naciera solo desde el centro diocesano, sino también desde la vida real de las comunidades.
La experiencia fue descrita por uno de sus protagonistas como un “laboratorio sinodal”, una expresión que resume bien el alcance de aquel proceso. Chiclayo se convirtió así en un espacio de aprendizaje pastoral donde la autoridad episcopal no anulaba la participación, sino que la promovía y la ordenaba al servicio de la misión. En esa misma línea, Prevost insistía en que los laicos podían llegar allí donde muchas veces no llegaban los sacerdotes, reconociendo su capacidad concreta para evangelizar, acompañar y sostener la vida cotidiana de la Iglesia.
Escuchar, confiar y caminar juntos
Cuando el Papa Francisco abrió el proceso sinodal universal en 2021, Chiclayo contaba ya con una base pastoral preparada para asumir esa invitación. La diócesis no partía de cero: tenía equipos, experiencia formativa, redes parroquiales y una práctica previa de escucha comunitaria. Sin embargo, el proceso también exigió un cambio de mentalidad, porque no se trataba simplemente de organizar reuniones, sino de aprender a discernir juntos, escuchar con paciencia y comprender que la sinodalidad es un camino sostenido en el tiempo.
El testimonio de quienes trabajaron junto a Prevost destaca su estilo sereno, paciente y profundamente pastoral. Se lo recuerda como un obispo que “sabía cómo escuchar”, que participaba en las sesiones de formación, compartía materiales, acompañaba los grupos y se sentaba a escuchar a sacerdotes, laicos, personas alejadas de la Iglesia y miembros de distintos movimientos. Esa actitud resulta decisiva para comprender su actual insistencia en una Iglesia que no solo enseña, sino que también escucha, aprende y camina con su pueblo.
Otro rasgo distintivo de aquella experiencia fue el respaldo a la participación de las mujeres en los equipos de formación y animación pastoral. En varias parroquias, las comisiones estaban lideradas por mujeres, algo que no siempre fue recibido con entusiasmo por todos los sectores, pero que Prevost apoyó con claridad. Desde Chiclayo, la sinodalidad se vivió como comunión, participación y misión antes de convertirse en una palabra central del debate eclesial contemporáneo. Por eso, la trayectoria pastoral de León XIV en el Perú ofrece una clave privilegiada para comprender el rumbo que hoy puede asumir la Iglesia universal.
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