“Somos sinodales… somos santos”: una reflexión sobre la identidad comunitaria de la Iglesia

“Somos sinodales… somos santos”: una reflexión sobre la identidad comunitaria de la Iglesia
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¿Puede la sinodalidad ser entendida como una expresión propia de la identidad cristiana? Esta es una de las preguntas que atraviesan el artículo “¡Somos sinodales… somos santos!”, publicado el 17 de septiembre en Vida Nueva Digital. La reflexión propone recorrer cuatro dimensiones: la vida cotidiana, la Trinidad, la Iglesia y la acción eclesial, para plantear que “ser sinodales” implica una manera de vivir la fe desde la comunión, el diálogo y el caminar juntos.

El texto parte de una observación sobre las transformaciones en el mundo laboral y en las formas de relacionarse. Frente a modelos que valoraban especialmente el desempeño individual, el artículo identifica una tendencia hacia formas de trabajo capaces de generar comunidad y equipos. Desde allí plantea que la dimensión comunitaria no sería ajena a la experiencia humana: “pareciera que, naturalmente hablando, nos humanizamos cuando vivimos la dimensión comunitaria de la existencia”.

Fe que nace de la comunión

La reflexión lleva después esta mirada al centro de la fe cristiana: la Trinidad. El autor sostiene que la fe cristiana proclama a un Dios que es “Uno y Trino, es Trino y Uno, es unidad y diversidad”.

La salvación es presentada como obra de las tres personas divinas y como expresión de una misma voluntad. El artículo recuerda, además, la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica sobre la vida cristiana como comunión con las personas divinas.

En este punto, la Eucaristía aparece como uno de los signos donde se hace visible esta dimensión comunitaria. El artículo recupera también el Documento Final del Sínodo de 2024 para señalar que la sinodalidad está relacionada con “el caminar juntos, en el reunirse en asamblea y en el participar activamente de todos sus miembros en su misión evangelizadora”.

Así, la sinodalidad no es presentada como una metodología para organizar reuniones o procesos eclesiales, es más bien, una expresión de una determinada manera de comprender la fe: una Iglesia que reconoce la comunión, la diversidad y la participación como parte de su identidad.

¿Qué dice la Iglesia de sí misma?

La tercera parte de la reflexión recupera una pregunta formulada durante el Concilio Vaticano II por el cardenal belga Léon Joseph Suenens: “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?”

A partir de esta interrogante, el artículo recuerda algunas de las imágenes de Iglesia recuperadas o desarrolladas durante el Concilio: misterio vinculado al Verbo encarnado, sacramento universal de salvación, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, templo del Espíritu y una Iglesia en diálogo con el mundo.

Esta mirada permite al autor relacionar el Concilio Vaticano II con el actual camino sinodal. En su lectura, la Iglesia está llamada a caminar junto a la humanidad y a reconocer que su misión se desarrolla dentro de la historia y en relación con las personas y los pueblos.

El artículo manifiesta que esta perspectiva encuentra una expresión en la definición de sinodalidad recogida por el Documento Final del Sínodo de 2024: una Iglesia que camina junta, se reúne en asamblea y participa activamente en su misión evangelizadora.

Sinodalidad también implica revisar las estructuras

Uno de los planteamientos más críticos del artículo aparece al abordar la dimensión organizativa de la Iglesia. El autor sostiene que, si la sinodalidad forma parte de su identidad, también debe tener consecuencias en las estructuras y formas de gobierno eclesial: “Si queremos volver a ser iglesia sinodal, esto requiere dejar caer estructuras caducas y reinventar las que aún pueden ser útiles”.

La reflexión cuestiona la coexistencia entre un discurso sobre la sinodalidad y estructuras que, desde la perspectiva del autor, responden a modelos de gobierno centralizados. En este punto propone revisar determinadas formas organizativas y recupera propuestas anteriormente planteadas sobre una sede itinerante del papado o modelos de organización colegiada.

El texto también advierte sobre lo que denomina la “faraonización de la fe”, expresión que utiliza para referirse al riesgo de que la experiencia cristiana quede vinculada excesivamente al poder y a estructuras temporales.

Para desarrollar este argumento, el artículo cita al teólogo Hans Küng, quien cuestionó el modelo jurídico y administrativo de la Curia romana y su compatibilidad con una comprensión de Iglesia de orientación bíblica.

Iglesia “con y para todos”

La reflexión introduce además una dimensión ecuménica. Desde la perspectiva del autor, recuperar la centralidad de Jesús lleva a superar formas de exclusivismo y a entrar en diálogo con todos. En este sentido, retoma la imagen de Pentecostés y la comprensión del Pueblo de Dios desarrollada por el Concilio Vaticano II. El artículo sostiene que la presencia de Dios puede reconocerse en los pueblos y sus culturas, por lo que la sinodalidad exige una Iglesia abierta al diálogo y atenta a los signos de Dios en la historia.

La propuesta se conecta con el llamado a “recomenzar desde Jesús” recogido en el Documento de Aparecida y con una comprensión de la misión cristiana que busca reconocer la acción de Dios más allá de los propios límites institucionales.

La acción eclesial como camino compartido

En su última parte, el artículo habla sobre la sinodalidad y la santidad del Pueblo de Dios. La santidad, dice, conduce a vivir una Iglesia capaz de “caminar, estar, cruzar juntos”.

Recupera la necesidad de superar lo que Yves Congar denominó la “jerarcología” y propone centrar la mirada en la acción de Dios en las comunidades y en las personas.

La reflexión se detiene también en la encarnación como expresión del Dios que se acerca y camina junto a la humanidad. Incluso la catequesis es invitada a asumir una dimensión sinodal: presentar los contenidos de la fe “junto a y desde” la vida de los creyentes.

El planteamiento extiende así la sinodalidad a la acción pastoral cotidiana. No se trataría solamente de una cuestión relacionada con sínodos o asambleas, sino de una manera de acompañar, escuchar y anunciar la fe desde la vida de las personas y las comunidades.

“Somos sinodales, somos santos”

La reflexión concluye retomando la pregunta de Suenens sobre qué dice la Iglesia de sí misma y propone una respuesta: “¡somos sinodales, somos santos!”

El autor sostiene que seguir a Jesús implica asumir una forma de vida marcada por la comunidad, el diálogo y el caminar compartido. Una Iglesia sinodal sería una una comunidad que busca expresar en su manera de vivir aquello que profesa en su fe.

“Seguir a Jesús es ser sinodal, conciliar, comunidad, pueblo de Dios peregrino en el mundo y que considera a todas las personas como hermanos de camino”, señala el artículo.

La reflexión completa, con sus referencias al Concilio Vaticano II, al Documento Final del Sínodo de 2024, al Catecismo de la Iglesia Católica y a diversos autores de la teología y la eclesiología contemporáneas, puede leerse aquí: https://www.vidanuevadigital.com/tribuna/somos-sinodales-somos-santos/

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