Por: Francisco Bosch*
17 de septiembre de 2026
Introducción (continuidad y ruptura)
Era el día del santo de Assisi, el harapiento del medioevo, el místico del hermano sol. En ese día, el flamante León XIV, como quien quiere incardinar su primera palabra en el legado de su antecesor, hace su primer puente: entre el 4 de octubre de Dilexi te y el 24 de agosto de Dilexit nos hay casi un año. Pero en el medio, más que un año, está la Pascua de 2025 que terminaría con la muerte y paso a la eternidad del papa Francisco.
Los calendarios se acompañan de las geografías que se condensan: Chicago, Chiclayo, Buenos Aires, Flores, Lujan, siempre el camino a Roma, el camino a Pedro.
La palabra (y la escucha)
La figura luminosa del Poverello nunca dejará de inspirarnos. (DT 6)
León está haciendo la referencia, en italiano, a un pobre específico de ese pueblo, al Francisco que le da nombre y programa a su antecesor, el Papa Francisco. Pero esa afirmación resuena posible de generalización desde la apertura de la exhortación: los pobres son nuestra inspiración fundamental.
Estoy convencido de que la opción preferencial por los pobres genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de liberarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito. (DT 7)
Me gusta ver los puentes que León construye: para presentar la encíclica la imaginación narrativa de su antecesor en el ministerio de Pedro, que imagina a Cristo manifestando su amor a los pobres, comunicándose con su pueblo. Es, siempre, una carta de amor. y antes de profundizar en el grito de los pobres, del clamor que escribe la otra carta, la del pueblo para el Dios que ama, no deja fuera de foco la potencia extra-ordinaria de transformación de la sociedad y la Iglesia que allí habita. Volver, siempre, al grito, al clamor del pueblo.
El grito de los pobres, de la tierra, de las descartadas es en el acto de escucha, en el tronador silencio que abre las puertas a la comunicación. Allí Dios, el primer Escuchador y el Shema (Deuteronomio 6,4) como primer mandamiento. No hay Iglesia sin la comunidad que abre un espacio y un tiempo para la palabra de todos, todos, todos. Sobre todo, los callados, a las que más les cuesta sacar su propia voz. Solo allí será posible la declaración de amor que intitula esta exhortación.
Una carta de amor puede ser escrita después de golpear a una pareja. O antes. En todo caso, lo que importa está antes y después de esa palabra, en la acción, en el movimiento que hace operante ese amor. Y para entrar en la acción que constituye la opción, León tiende otra transición: No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico (DT 15). Más ameno que lo dicho por otro latinoamericano, como Prevost, desde una cátedra autorizada por el martirio: fuera de los pobres no hay salvación (Cfr. Jon Sobrino, UCA, 2008).
La acción
Él mismo se hizo pobre, nació en carne como nosotros, lo hemos conocido en la pequeñez de un niño colocado en un pesebre y en la extrema humillación de la cruz, allí compartió nuestra pobreza radical, que es la muerte. Se comprende bien, entonces, por qué se puede hablar también teológicamente de una opción preferencial de Dios por los pobres (DT 16)
Que bella Cristología acompaña el paso a la acción: El verbo que se hizo carne, se hizo obrero, artesano de la construcción, hacedor, trabajador de la economía popular (téktōn, DT 20). Impostergable para pensar la opción en Dios. Solo somos herencia creativa de esa opción fundamental. Nos estructura, nos mandata, nos comanda. La opción está en Dios. Al final, Él es el de ‘armas tomar’, como dice nuestro pueblo. Él tuvo la magnífica ocurrencia de entrar en la historia, de tomar partido, de jugar en estas geografías y calendarios.
Y cada tanto, la institución, la Iglesia, intenta estar a la altura de su herencia, de la fe de sus pobres:
La vida de las primeras comunidades eclesiales, narrada en el canon bíblico y que ha llegado a nosotros como Palabra revelada, se nos ofrece como ejemplo a imitar y como testimonio de la fe que obra por medio de la caridad, y que continúa como exhortación permanente para las generaciones venideras. A lo largo de los siglos, estas páginas han interpelado los corazones de los cristianos a amar y a realizar obras de caridad, como semillas fecundas que no cesan de producir fruto. DT 34
Jugar desde dentro la historia. No balconeando, no mirando desde la tribuna. Así el buen Dios, así la historia de salvación que logramos ver en nuestra Tierra. Así el repaso bimilenario que realiza León en DT: desde la zarza hasta Pueblo, pasando por Jesús, las primeras comunidades, los padres, las madres, los carismas que han irrumpido en la historia para seguir siendo creativamente fieles en el mismo partido. La metáfora del juego se nos impone, por aquello de tomar partido. En ese juego estamos, junto a nuestro Dios.
Pero claro, no se trata de esos juegos de adultos, mercantilizados dos siglos después de Nazareth año 0. Se trata más bien del juego de los niños, del siempre ‘otra vez’, de la cadencia de la repetición sin perder encanto, de la sorpresa y la risa, más que la competencia y la confrontación. Como los niños, como las niñas, siempre.
Y en un mundo donde las infancias son el rostro mayoritario de la pobreza, son las que habitan los territorios arrasados como la Cisjordania o son los masacrados en escuelas iranies por el imperio diabólico, es menester volver a la lógica de los pequeños. Dios muestra su fortaleza desde los débiles de este mundo, como bien lo precisó Pablo a los Corintios en aquellos tiempos de esperanza y tribulación (Cfr. 1 Cor 1, 27-29).
Estamos frente a un racconto hermoso, que re-cuenta, da-cuenta, las narraciones de la economía salvífica, que despliega a un Dios salvando desde los condenados de la tierra (Cfr. F. Fanon, 1961).
Jugar la suerte con los pobres de la tierra, lo dijo Martí en el ocaso del siglo XIX, pero es la dinámica del Dios judeocristiano, que da cuenta Dilexit te. Jugar en la historia, tomando partido por los últimos de la fila, por las descartadas de toda ronda, por los siempre mirados desde arriba, por lxs que se resisten a ser nombradxs por las letras del poder. En ese equipo quiso nuestro Dios estar, desde allí quiso transformar el juego, de una confrontación a un abrazo. Y León, el papa, también plantea claramente la tradición al sujeto enseñador, los sabedores más improbables e impensados: Cada uno a su manera descubrió que los más pobres no son meros objetos de compasión, sino maestros del Evangelio. No se trata de “llevarles a Dios”, sino de encontrarlo entre ellos. DT 79
La profecía (comunitaria)
Maestros del evangelio. Es la clave fundamental para hacernos escuchadores de cada unx de ellxs, es la clave para no perder la compañía, para que en cada paso, discernir juntos el camino, para transformar desde su lógica todo lo que no permite la vida en abundancia.
En esta perspectiva, aparece claramente la necesidad de que «todos nos dejemos evangelizar» por los pobres, y que todos reconozcamos «la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos». Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. DT 102.
Maestros del evangelio, los movimientos populares, aunque no nombren a Dios, y quizás en ello se parezcan al pueblo Hebreo, raíz de nuestra potencia creyente, que no usaba en vano el santo nombre de Dios. Hacer su voluntad es la mejor forma de nombrarlo, y no hay guerra santa. Ya no.
Maestros del evangelio, profetas colectivos de las buenas noticias cotidianas, que no son trending topic. Allí hay un dato que se escapa de la metadata, que rompe el sesgo de reafirmación del algoritmo. La profecía de lo diferente, brota desde la potencia sapiencial y profética de las comunidades pobres, que comparten la mesa, los partos, los cementerios y los pasos donde reconocen el Buen Dios.
Maestros del evangelio, que nunca se llamarían tales, que nunca impostarían la voz, porque su hablar es cortado, quebradizo, aspirado, tartamudo. Necesitaremos un enorme silencio, institucional, interior, para poderles oír. Desde ahí nacerá un temporal imposible de detener (siempre es des-borde). En tiempos de grandes señores de la guerra, la autoridad última de Dios, nosotros solo hermanos (hermanxs todxs).
Pd. Excurso pneumatológico (un ‘Peace makers’)
Un Espíritu recorre el mundo. El Espíritu Santo. Lo hace desde que el tiempo es tiempo. Juega para los de abajo desde el inicio del tiempo (Cfr. V. Codina 2023, gracias Victor). Habrá cuidado a los pequeños en la historia de la vida, antes que los mamíferos nos pusiéramos de pie en África hace más de doscientos mil años.
Con todo el tiempo a su favor, el Espíritu pincha a su debido tiempo (con aquel aguijón, el de las abejas que polinizan y endulzan el mundo, Cfr. Metz 1977). Inyecta de su gracia en la Historia, para vivificar desde el subsuelo, todo lo que toca la tierra. Lo hace sin pedir permiso, sin respetar las lógicas trazadas, sin poder ser previsible, riéndose de las probabilidades, jugando en los márgenes de cualquier campana.
Con todo el tiempo a su favor, mira la atrofia de las agujas de nuestra era, quizás hasta se ríe o se duele de nuestros apuros. Y en medio de eso, sopla, insufla el alma de los derrotados de nuestra generación. Ellos levantan la mirada, en esa bocanada vuelven a ser hijos amados. Nadie podrá robarles eso, nunca, nadie, jamás.
Cada tanto, la vieja institución que quiere leer el tiempo (Cfr. GS 4, 1965), se pone de rodillas frente a los caídos del camino. En su ojos puede ver el fuego del soplo que ha dejado el Espíritu en su Paso. Es siempre honrar las Pascuas, celebrar las fiestas. Se abre una brecha, y un papa Nuestroamericano, puede ser un ‘hacedor de la paz’, en tiempos de guerras y genocidios.
* Teólogo y educador popular vinculado a la tradición franciscana, al carisma de Carlos del Foucauld. Su pasión por una teología narrada por las comunidades de NuestrAmérica lo impulsa a sistematizar su experiencia comunitaria de la fe popular como compañero de las CEB y en articulación con Amerindia.
