Brasil: la conversión de los procesos desafía a la Iglesia a escuchar más, decidir juntos y caminar sinodalmente

Brasil: la conversión de los procesos desafía a la Iglesia a escuchar más, decidir juntos y caminar sinodalmente
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La Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) dedicó una nueva jornada de formación para conversar acerca de la recepción del camino sinodal en las Iglesias particulares del país. La segunda live del ciclo estuvo centrada en la “conversión de los procesos”, uno de los tres ejes propuestos por el Sínodo, junto con la conversión de las relaciones y la conversión de los vínculos.

El encuentro quiso ofrecer herramientas para comprender y llevar a la práctica las nuevas Directrices Generales de la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil 2026-2032, concebidas como un instrumento concreto para recibir las principales intuiciones del camino sinodal. La transmisión contó con la participación de comunidades, catequistas, sacerdotes, religiosos y liderazgos de distintas regiones del país.

El proceso actual es fruto de un camino pastoral iniciado después del Concilio Vaticano II. En Brasil, este recorrido pasó por el Plan de Pastoral de Conjunto de 1966-1970, las Directrices Generales de la Acción Pastoral desde 1975 y las Directrices Generales de la Acción Evangelizadora a partir de 1995. Posteriormente, la Iglesia profundizó la iniciación a la vida cristiana, el estado permanente de misión y la comprensión de la Iglesia como “comunidad de comunidades”.

Las nuevas directrices, que tendrán una vigencia de seis años, presentan la evangelización como misión esencial de la Iglesia y colocan a Jesucristo en el centro. Al mismo tiempo, llaman a vivir la sinodalidad como un modo de caminar juntos, escuchar y reconocer los dones de todos los bautizados.

“La pastoral no se hace por decreto”

El encargado de desarrollar el tema fue monseñor Dirceu de Oliveira Medeiros, obispo de la diócesis de Camaçari, en Bahía, quien planteó una pregunta como punto de partida: “¿Cómo rever estructuras y formas de decisión a la luz de la sinodalidad?”. Para el obispo, uno de los principales desafíos consiste en superar la lógica del “siempre se hizo así” y abrir espacio a nuevas experiencias que permitan renovar la vida eclesial.

En su reflexión propuso dos premisas. La primera: “la pastoral no se hace por decreto, sino por medio de la conversión pastoral y de la formación del pueblo de Dios”. La segunda: “sin convicción no hay misión y no hay sinodalidad”. A su juicio, la sinodalidad requiere una transformación personal y comunitaria, acompañada por una formación integral que permita comprender este estilo de Iglesia.

El obispo también relacionó la conversión de los procesos con la imagen de la tienda, utilizada durante el camino sinodal. Una Iglesia llamada a “ensanchar la tienda” debe hacerlo desde la fecundidad, la hospitalidad y la movilidad: crecer para acoger nuevos miembros, convertirse en espacio para quienes viven situaciones de descarte y mantenerse disponible para caminar junto a las personas y comunidades.

De la aplicación a una recepción creativa

Reflexionó la diferencia entre aplicar un documento y recibirlo. Monseñor Dirceu explicó que la recepción del camino sinodal no consiste en trasladar mecánicamente sus propuestas, sino en discernir cómo pueden ser asumidas de manera creativa según las culturas y necesidades de cada Iglesia particular.

La recepción es siempre creativa”, dijo, al señalar que cada Iglesia debe examinar, a la luz del Documento Final del Sínodo y de las nuevas directrices, aquello que corresponde a su propia realidad. En el caso de Brasil, destacó la decisión de utilizar las Directrices Generales de la Acción Evangelizadora como instrumento concreto de recepción de las principales intuiciones del proceso sinodal, evitando crear caminos pastorales paralelos.

Esta etapa de recepción supone, además, experimentar prácticas y estructuras renovadas. Entre ellas se encuentra la revisión de las instancias de participación existentes: consejos, asambleas y otros organismos eclesiales, para favorecer el protagonismo de los laicos y la corresponsabilidad de todos los bautizados.

“No se trata de hacer cosas nuevas, sino de hacer nuevas las cosas”

En este punto, el obispo recuperó una expresión surgida durante la Asamblea del Sínodo: “Tal vez el camino sinodal no consiste en hacer cosas nuevas, inventar la rueda”. La clave, explicó, puede estar en renovar y dinamizar las estructuras que ya existen, en lugar de multiplicar organismos y espacios que terminen sobrecargando la vida pastoral.

La conversión de los procesos busca así garantizar un verdadero ejercicio de la participación y renovar las formas de toma de decisiones para hacerlas más abiertas y participativas. Esto implica reconocer que todos los bautizados poseen la misma dignidad, aunque desempeñen responsabilidades diferentes dentro de la Iglesia.

En esta renovación, monseñor Dirceu advirtió sobre la necesidad de superar el miedo a compartir responsabilidades. Los ministros ordenados, explicó, están llamados a ser “servidores de la armonía”, capaces de reconocer los talentos, conocimientos y carismas de otros sujetos eclesiales. “No somos competidores, sino que trabajamos por la causa del mismo Reino y por el bien de la misma Iglesia”, planteó.

Cuatro modelos de procesos que deben ser superados

Para profundizar el desafío, el obispo presentó cuatro modelos de procesos que consideró insuficientes para una Iglesia sinodal. El primero es el modelo monárquico, cuando la decisión queda concentrada en una sola persona. Frente a esta lógica, propuso avanzar hacia una cultura de participación, escucha y corresponsabilidad. El segundo es el modelo de corte, cuando un pequeño grupo decide en nombre de muchos, sin suficiente representatividad ni rotación. La pregunta que plantea este modelo es directa: “¿Quién está realmente representado cuando tomamos nuestras decisiones?”

El tercer modelo es el amateur o amador, caracterizado por procesos de decisión que no cuentan con los conocimientos, competencias y experiencias necesarios para abordar la complejidad del mundo actual. Para monseñor Dirceu, la Iglesia debe reconocer y valorar los diferentes dones y capacidades presentes entre los miembros del pueblo de Dios.

El cuarto es el modelo elitista, en el que los pobres, vulnerables y personas que viven en las periferias existenciales y sociales permanecen fuera de los espacios de decisión. Una Iglesia sinodal, advirtió, no puede prescindir de estas voces porque corre el riesgo de perder fidelidad al Evangelio y a su misión.

La pregunta que dejó planteada fue: “¿Los pobres son apenas destinatarios de nuestra acción pastoral o son verdaderamente sujetos de la vida y de las decisiones de nuestra Iglesia?”

La autoridad no desaparece: cambia la manera de ejercerla

La conversión de los procesos tampoco significa eliminar la autoridad. Monseñor Dirceu fue enfático en este punto: favorecer la participación, la escucha y la corresponsabilidad no supone vaciar el principio de autoridad.

Para explicarlo retomó una expresión del cardenal Mario Grech, secretario general del Sínodo: “En la Iglesia habrá siempre alguien que tenga la última palabra, contanto que no tenga la única palabra”. El desafío, entonces, consiste en conjugar autoridad y escucha, liderazgo y discernimiento comunitario.

En este camino, los ministros ordenados y quienes ejercen responsabilidades de coordinación están llamados a fomentar el consenso. No se trata de reproducir una lógica parlamentaria basada simplemente en mayorías, ni de concentrar las decisiones en una sola persona, sino de promover una corresponsabilidad diferenciada y una formación permanente para el estilo sinodal.

Discernir juntos: oración, escucha y consenso

Otro de los ejes de la formación fue la importancia de contar con una metodología para el discernimiento comunitario. Monseñor Dirceu explicó que este proceso comienza con la presentación clara del asunto que debe ser discernido y continúa con un tiempo de preparación marcado por la oración, la escucha de la Palabra de Dios y la disposición interior.

También resaltó la necesidad de escuchar atentamente cada intervención, buscar el consenso y permitir que quien conduce el proceso formule la decisión alcanzada. En este contexto, recordó dos métodos que pueden ayudar a las comunidades: el tradicional “ver, juzgar y actuar” y la “conversación en el Espíritu”, utilizada ampliamente durante el proceso sinodal.

Sin sínodo, sin método, no hay sínodo”, manifestó, subrayando que la metodología es fundamental para que la participación no se reduzca a una declaración de intenciones.

Iglesia que no quiere deshumanizar sus procesos

Durante el intercambio con los participantes, surgió también la pregunta sobre cómo adaptar los procesos eclesiales a los tiempos actuales sin caer en una lógica de comercialización o tecnificación.

La respuesta de monseñor Dirceu puso el acento en la recuperación de lo humano. A partir de la propuesta del papa León XIV en Magnifica Humanitas, llamó a recuperar espacios de encuentro y a no permitir que las herramientas tecnológicas terminen deshumanizando la práctica eclesial.

No vale la pena hacer solo live; necesitamos encontrarnos de vez en cuando, mirarnos a los ojos, conversar y tomar un café”, señaló. Para él, la espiritualidad sinodal es la que permite que los procesos no se conviertan en mecanismos empresariales o meramente pragmáticos, sino que permanezcan abiertos a la acción del Espíritu.

En este sentido, habló de la necesidad de recuperar el silencio, la capacidad de escuchar y la disponibilidad para dejar que el otro hable. La formación y la espiritualidad sinodal aparecen así como condiciones indispensables para que las estructuras renovadas mantengan su sentido evangelizador.

2027: un año clave para llevar la sinodalidad a las Iglesias locales

En el cierre de la jornada, monseñor Dirceu llamó a no dejarse arrastrar por la cultura del inmediatismo. Las decisiones eclesiales, sostuvo, necesitan tiempo para ser escuchadas, oradas, discernidas y maduradas. A veces, explicó, una decisión que podría tomarse inmediatamente puede beneficiarse de un proceso más amplio y participativo.

También recuperó una idea atribuida al papa Francisco: “Cuando queremos ir rápido, debemos ir solos; cuando queremos llegar más lejos, debemos ir juntos”. Para el obispo, aunque caminar juntos puede resultar más lento y complejo, constituye precisamente el desafío central de una Iglesia que quiere vivir la sinodalidad.

El horizonte inmediato será 2027. Según explicó, el primer semestre del próximo año será especialmente importante para el camino sinodal en Brasil, con la realización de asambleas diocesanas y eclesiales. Por ello, insistió en la necesidad de leer y profundizar las nuevas Directrices Generales de la Acción Evangelizadora, que tendrán seis años para ser recibidas y trabajadas en las comunidades.

La jornada concluyó con una referencia al relato de Emaús: Jesús que camina con su pueblo, abre los ojos, parte el pan y hace arder el corazón. La imagen sintetizó el horizonte de una Iglesia llamada a no caminar sola y a reconocer la presencia del Resucitado mientras aprende a escuchar, discernir y decidir juntos.

Descarga el documento aquí: https://www.edicoescnbb.com.br/documentos-da-cnbb-114

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