P. Arnaldo Rodrigues: “La sinodalidad no comienza en la reunión; comienza en el corazón”

P. Arnaldo Rodrigues: “La sinodalidad no comienza en la reunión; comienza en el corazón”
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La sinodalidad no puede reducirse a estructuras, reuniones o procesos de consulta. Es, ante todo, una manera de ser Iglesia que exige una espiritualidad de la escucha, discernimiento comunitario y corresponsabilidad. Así lo plantea el padre Arnaldo Rodrigues, asesor de Comunicación de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB), quien reflexionó sobre los desafíos de la Iglesia ante la cultura digital y sobre la necesidad de construir una comunicación que favorezca el encuentro y no la polarización.

En una entrevista concedida al portal del Instituto Humanitas Unisinos, el sacerdote abordó la relación entre comunicación, inteligencia artificial, algoritmos, juventud universitaria, espiritualidad y sinodalidad. Su reflexión parte de una constatación: el ambiente digital no es solamente un conjunto de herramientas, sino un espacio antropológico que configura lenguajes, valores, comportamientos y relaciones.

Por ello, considera necesario cambiar la pregunta que suele hacerse la Iglesia frente a las redes sociales. Más que preguntarse cómo comunicar mejor, propone preguntarse cómo permanecer fiel al Evangelio dentro de una nueva cultura. “Antes de preguntarnos qué publicar, necesitamos preguntar quiénes estamos llegando a ser como comunicadores y discípulos de Cristo”, sostiene.

Del algoritmo al encuentro: un desafío para la Iglesia sinodal

Para el padre Arnaldo, uno de los principales desafíos consiste en no trasladar a la vida eclesial la lógica de polarización que domina buena parte de las redes sociales. Los algoritmos tienden a privilegiar las reacciones rápidas, la emoción y los contenidos capaces de generar interacción, mientras que el Evangelio propone otra dinámica: escucha, proximidad, paciencia, discernimiento y encuentro.

“La lógica de los algoritmos premia la reacción; la lógica del Evangelio valora el discernimiento”, asegura. En este contexto, advierte que una Iglesia sinodal debe resistir la tentación de convertirse en una comunidad dividida en “torcidas” o grupos enfrentados y, en cambio, cultivar una auténtica cultura del encuentro.

La comunicación eclesial, sostiene, no debería competir con los algoritmos, sino ofrecer un horizonte diferente. La eficacia comunicativa continúa siendo importante, pero no puede convertirse en el criterio último. La pregunta fundamental no debería ser cuántas personas vieron una publicación, sino cuántas se sintieron acogidas, escuchadas y conducidas hacia un encuentro verdadero con Cristo y con la comunidad.

En esta perspectiva, recupera también la enseñanza de Magnifica Humanitas, del Papa León XIV, sobre la necesidad de que la tecnología esté al servicio de la dignidad humana. Comunicar en la Iglesia significa, por tanto, buscar menos la viralidad y más la evangelización; menos el alcance como finalidad y más la generación de pertenencia.

El sacerdote también alerta sobre la tentación de convertir la fe en espectáculo. Frente a una cultura que exige producir constantemente impacto y resultados, recuerda que el silencio también es una forma de comunicación y que la experiencia de Dios no puede quedar sometida a la lógica de la productividad o de la performance.

“La sinodalidad no comienza en la reunión; comienza en el corazón”

Al abordar directamente el proceso sinodal, el padre Arnaldo identifica un desafío que considera fundamental: la sinodalidad no es principalmente una cuestión organizativa, sino antropológica y espiritual.

Crear consejos, ampliar espacios de participación o establecer mecanismos de consulta puede ser relativamente sencillo. Lo verdaderamente complejo es formar personas capaces de vivir una espiritualidad de la escucha. “La sinodalidad no comienza en la reunión; comienza en el corazón. Antes de ser un método de gobierno, es una manera de ser Iglesia”, explica.

Desde esta perspectiva, el discernimiento sinodal no consiste en determinar qué quiere la mayoría. Su finalidad es buscar comunitariamente aquello que el Espíritu Santo está diciendo a la Iglesia. Esto requiere humildad para hablar, capacidad para escuchar y libertad para cambiar de posición cuando el bien de la comunidad lo exige.

El padre Arnaldo considera que uno de los principales obstáculos está precisamente en la manera de entender la comunicación dentro de las comunidades. Con frecuencia, señala, se confunde comunicar con transmitir información. “Informamos mucho, pero escuchamos poco”. La sinodalidad exige superar esa lógica y crear procesos permanentes de participación, transparencia y corresponsabilidad, donde las personas no sean simplemente receptoras de decisiones ya tomadas, sino protagonistas del discernimiento que las precede.

Otro aspecto central es la participación de los laicos. El sacerdote cuestiona una visión únicamente funcional del laicado, según la cual se valora a los laicos principalmente por su capacidad de colaborar en las actividades de la Iglesia. La perspectiva sinodal, en cambio, reconoce que su protagonismo nace de la dignidad bautismal: por el Bautismo, todos participan de la misión de Cristo.

Iglesia que discierne y camina junta

Para el asesor de Comunicación de la CNBB, la sinodalidad también constituye una respuesta frente al individualismo contemporáneo y al protagonismo personalista que puede verse reforzado por las redes sociales. “Nadie evangeliza solo”, manifiesta, recordando que la misión de la Iglesia siempre ha sido comunitaria. Los Hechos de los Apóstoles muestran una comunidad que reza, discierne y decide conjuntamente, dejándose conducir por el Espíritu.

Por eso, considera que la sinodalidad no debe entenderse como una meta ya alcanzada, sino como un camino permanente de conversión. No se construye únicamente mediante documentos o nuevas estructuras, sino a través de relaciones transformadas por el Evangelio: escuchar antes de responder, discernir antes de decidir y caminar juntos antes de competir.

Esta perspectiva adquiere especial relevancia en el entorno digital, donde las respuestas inmediatas, las opiniones polarizadas y los juicios rápidos pueden dificultar el diálogo. Para el padre Arnaldo, aprender a vivir la sinodalidad también en las redes implica recuperar allí la lógica del encuentro.

La universidad como espacio de escucha y humanización

La reflexión del sacerdote se extiende también a la pastoral universitaria. Como rector de la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro, observa que muchos jóvenes llegan a la universidad con una enorme cantidad de información, pero con una profunda necesidad de sentido.

La hiperconexión tecnológica convive, según explica, con experiencias de ansiedad, soledad, miedo al fracaso y desarraigo. Por ello, la Iglesia en el ámbito universitario no debería limitarse al culto, sino convertirse en un espacio de escucha, amistad, cultura, pensamiento y diálogo.

En este contexto, propone recuperar la imagen de la Iglesia como “hospital de campaña”, pero ampliándola al ámbito intelectual y espiritual. La pastoral universitaria está llamada a acompañar las grandes preguntas de los jóvenes y a mostrar que la fe no teme a la ciencia, sino que puede dialogar con ella.

La Iglesia universitaria, afirma, debe convertirse también en un “laboratorio de humanización”, particularmente en un contexto marcado por la inteligencia artificial, los algoritmos y la aceleración permanente. La escucha, la amistad, el silencio, la contemplación y la comunidad son experiencias que ninguna tecnología puede sustituir.

El Sagrado Corazón como escuela de humanidad

Otro de los ejes de la entrevista es la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús. Para el padre Arnaldo, lejos de ser una devoción perteneciente únicamente al pasado, esta espiritualidad puede ofrecer respuestas a una sociedad obsesionada con el rendimiento, la productividad y la apariencia.

El Sagrado Corazón presenta una lógica diferente: un Dios que salva desde el amor y que no teme la vulnerabilidad. En una cultura digital que impulsa a construir personajes y mostrar únicamente aquello que funciona, el corazón abierto de Cristo recuerda que las heridas no son necesariamente signos de fracaso.

Desde esta mirada, la reparación del Corazón de Cristo también implica reparar las heridas de la humanidad. Cada gesto de compasión, cada acogida y cada presencia junto a quien sufre se convierte en una expresión concreta de ese amor.

La propuesta conecta nuevamente con una Iglesia sinodal: una comunidad capaz de permanecer junto a quienes sufren, escuchar sus historias y generar vínculos de comunión.

Frente a la sociedad del rendimiento, recuperar el discernimiento

El sacerdote también reflexiona sobre el cansancio producido por la cultura del rendimiento. Retomando el diagnóstico del filósofo Byung-Chul Han, explica que la sociedad contemporánea ha pasado de una lógica de disciplina a una sociedad del desempeño, en la que las personas terminan explotándose a sí mismas en busca de productividad, éxito y reconocimiento.

Frente a ello, la tradición cristiana recuerda que la dignidad humana no depende de lo que una persona consigue producir. “Antes de cualquier misión, existe una filiación. Antes de cualquier productividad, existe una dignidad”, sostiene.

En este contexto, la dirección espiritual puede convertirse en un espacio para recuperar el tiempo del discernimiento, mientras que la liturgia permite interrumpir el ritmo acelerado de la sociedad del rendimiento.

También propone redescubrir la ascética cristiana como una pedagogía de la libertad: aprender a hacer silencio, limitar el uso de la tecnología, descansar, contemplar y rezar no significa disminuir a la persona, sino ayudarla a recuperar el gobierno de su propia vida.

Esperanza que invita a caminar juntos

Al final de la entrevista, el padre Arnaldo aborda la esperanza cristiana en un mundo marcado por crisis climáticas, conflictos, desigualdad, soledad y transformaciones tecnológicas.

Distingue entre optimismo y esperanza. El optimismo depende de que las circunstancias sean favorables; la esperanza cristiana, en cambio, nace de la certeza de que Dios continúa presente y actuando en la historia incluso cuando su acción no resulta inmediatamente visible.

La Resurrección es el fundamento de esta esperanza. No elimina las heridas ni niega el sufrimiento, sino que transforma la experiencia de la cruz en posibilidad de vida nueva. Por eso, el cristiano no está llamado a ignorar las dificultades, sino a mirar la historia desde la perspectiva de la Pascua.

Esta esperanza también tiene una dimensión comunitaria. Quien espera en Dios cuida la creación, promueve la paz, defiende la dignidad humana, combate la pobreza y construye puentes de diálogo. “La esperanza nunca nos retira de la historia; nos envía a la historia”.

El sacerdote concluye evocando el relato de los discípulos de Emaús: dos personas que caminaban decepcionadas sin reconocer que Cristo ya estaba caminando a su lado. Para él, esta imagen expresa una clave fundamental para la Iglesia de hoy: incluso en medio de las crisis y los silencios, Dios continúa caminando con su pueblo.

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