El Sínodo que se mide en escucha, encuentro y camino compartido

El Sínodo que se mide en escucha, encuentro y camino compartido
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El camino sinodal no puede reducirse a cifras, balances ni memorias de actividad. Así lo expone Fernando Redondo Benito en un artículo publicado en Vida Nueva, donde la propuesta es mirar el XXVI Sínodo Diocesano de Toledo desde su dimensión más profunda: la experiencia de una Iglesia que aprende a sentarse en círculo, escuchar sin imponer y discernir comunitariamente lo que el Señor le pide en este tiempo. Más que un proceso administrativo, el Sínodo aparece como una oportunidad para volver al centro del Evangelio, recuperar la pertenencia eclesial como conversación y comprender que caminar juntos no consiste en uniformar, sino en reconocer la voz de todos dentro de una misma misión.

Una Iglesia que vuelve al amor primero

El primer año del Sínodo Diocesano de Toledo ha dejado reuniones, materiales, aportaciones y una Asamblea inicial, pero su fruto más importante parece estar en otra parte: en las personas que se han descubierto mutuamente como miembros de una misma Iglesia. La sinodalidad comienza cuando la pertenencia deja de ser una coincidencia y se convierte en diálogo, cuando alguien puede expresar una inquietud sin ser corregido de inmediato y cuando una comunidad acepta que el Espíritu también puede hablar a través de la experiencia del otro.

La convocatoria del arzobispo de Toledo, Francisco Cerro Chaves, primado de España, ha puesto en el centro la llamada a “volver al amor primero”, expresión que ha dado unidad espiritual al proceso. No se trata de abandonar lo que ya existe, sino de contemplarlo a la luz del Evangelio y ponerlo en relación con el conjunto de la Iglesia. Parroquias, monasterios, movimientos, asociaciones, hermandades y comunidades están llamados a ofrecer sus dones al discernimiento común, sin perder su identidad ni diluir su historia.

En ese camino, la autoridad episcopal no queda fuera del proceso ni se coloca por encima de la comunidad como una instancia distante. El obispo auxiliar, Francisco César García Magán, ha acompañado la convocatoria, la Asamblea y la explicación de las normas, recordando que la sinodalidad integra autoridad, comunión y corresponsabilidad. Caminar juntos exige libertad de palabra y oración, pero también organización, método, continuidad y personas capaces de sostener el proceso en sus distintas etapas.

El nosotros como forma de Iglesia

Uno de los núcleos más fuertes de esta experiencia es el lugar de los laicos. Su participación no nace de una concesión amable, sino del bautismo y de su presencia cotidiana en la familia, el trabajo, la educación, la cultura, la política, la enfermedad, el desempleo, el cuidado de los mayores o el compromiso social. La Iglesia necesita esa mirada para no hablar desde fuera de la sociedad a la que ha sido enviada, sino desde dentro de sus preguntas, heridas, búsquedas y esperanzas.

También la vida consagrada, las cofradías y las hermandades aportan una experiencia decisiva para este camino. Los monasterios sostienen el proceso desde la oración; las comunidades apostólicas lo enriquecen desde su cercanía con la fragilidad humana; y las cofradías recuerdan que ningún paso avanza sobre un solo hombro. Bien vividas, estas realidades son escuelas de fraternidad, memoria, servicio y pertenencia, capaces de llevar la fe a las calles y de transformar la devoción en compromiso compartido.

El Sínodo de Toledo se desarrolla entre 2025 y 2028, en comunión con el proceso sinodal de la Iglesia universal. Su horizonte no es solo producir un documento final, sino formar una comunidad capaz de reconocerse en un verdadero “nosotros”. Ese “nosotros” debe incluir de manera preferente a los pobres, a los jóvenes, a las mujeres, a los migrantes, a quienes viven situaciones de fragilidad y también a quienes se acercan desde lugares más discretos o heridos. Si al final del proceso la escucha entra en las parroquias, las casas, los hospitales, las prisiones, las cofradías y las calles, el Sínodo no habrá terminado: habrá encontrado su forma más evangélica de permanecer.

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