Por: Ignacio Madera Vargas*
20 de marzo de 2025
La sinodalidad puede ser comprendida como una articulación de la teoría con la praxis aplicable a diversas dimensiones de la realidad humana. En el caso que me ocupa en esta reflexión, a la práctica política.
Acudo a la distinción, hecha en años pasados, entre la ‘Política’ con mayúscula, aquella que se ocupa del gobierno de la polis y lo que ello conlleva e implica como prácticas macroeconómicas, ideológicos y sociales, y la ‘política’ con minúscula, relacionada directamente a los partidos y los intereses que luchan por la toma del poder para la conducción de los Estados. Esta última, asociada a lo que se ha denominado igualmente politiquería.
Pero considero que estos dos sentidos no son disociables, porque incluso los politiqueros dicen sostenerse en valores y principios, aunque sus prácticas no sean coincidentes con los mismos. De allí la pérdida de credibilidad de tantos y el recurso a la imposición y al fascismo, amén de la pérdida de significación de sus discursos porque no realizan el efecto que significan, no performan.
¿Qué sentidos puede aportar la sinodalidad a la política en las coyunturas que vivimos en la humanidad presente y en los países latinoamericanos y caribeños dependientes de las decisiones y políticas de los países que controlan el capital, las tecnologías y las ideologías, es decir, de aquellos que van imponiendo un no disimulado criterio que considera normal el dominio del más fuerte económica y militarmente?
Este interrogante me sitúa ante una evidencia: la sinodalidad, para la sociedad como para la Iglesia, conlleva necesarias y urgentes rupturas epistemológicas y éticas, condición para lograr una renovación-reforma del actuar político en nuestro tiempo.
Si sinodalidad significa un caminar juntos, la política tiene como objetivo ir junto al pueblo como el mayor bien de la sociedad y no del grupo o partido. De allí que las concertaciones, el diálogo y la búsqueda de interpretar los signos de los tiempos conllevan la necesaria dimensión de escucha —que va más allá del oír—, para prometer, y se sitúa en la necesidad de atender, para poder proponer salidas realistas que no continúen el engaño y la mentira que han ido caracterizando a la politiquería de nuestros países latinoamericanos y caribeños, llevando a un cansancio de los más pobres que les obliga a vender sus adhesiones políticas al mejor postor.
El auténtico político, que no solo busca la toma del poder, sino el cambio de la sociedad, camina detrás del pueblo para dejarse conducir por sus anhelos y esperanzas, va en medio del mismo para escuchar con más nitidez sus clamores, y a veces va adelante para educar en la necesidad de una política honrada que posibilite un renacer de la esperanza ante los desengaños y escepticismos generados en la larga historia de pillaje de impuestos y emolumentos, como también la depredación de la creación por las multinacionales sin clemencia por el grito de la Tierra.
Si la sinodalidad conlleva un caminar juntos en la escucha para discernir, entonces el político está llamado a ser artista del diálogo sereno que le conduce a reconocer sus desaciertos y a sopesar las propuestas y alternativas que conllevan al compromiso con ‘la flor sin defensa’, que han sido las mayorías empobrecidas de nuestros pueblos, en esta época acosada por las alienaciones manipuladas por los gremios y los grupos económicos dominantes, así como las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, plagadas de mentiras que se presentan como verdades.
Una clase política que discierne dejándose educar por el pueblo, que tiene una palabra que le provoca, porque en contacto con los pobres y excluidos, mantiene vigilante su lenguaje y sus oídos atentos a los clamores que, desde la exclusión y la marginalidad, siguen desafiando a todos aquellos y aquellas llamados a bajarles de la cruz de las ideologías que justifican la desigualdad, la violencia y el dominio del más fuerte, por el voraz capital y las armas asesinas.
La sinodalidad, siendo una propuesta eclesial del pontificado del papa Francisco, desborda sus linderos para interrogar acerca de la posibilidad de nuevas dinámicas que construyan humanidad y favorezcan la superación de una mentalidad agresiva que ha impuesto la ideología del olvido de la opción preferencial por los pobres y excluidos, considerándola asunto desueto de finales del siglo XX. Algunos la consideran superada por reflexiones muy interesantes y atractivas, pero que han ido dejando de lado aquello que con tanto acierto Medellín denominó “estructuras de pecado”.
La sinodalidad, como la acción de caminar junto a las y los marginados, urge la atención a los signos de los tiempos para así actuar a partir de un discernimiento que conduce a prácticas nuevas de vivencia de la existencia a partir de lo humano fundamental. Eso que nos ha sido revelado en la Santa Escritura: somos imagen del Dios comunión, unidad en la diversidad, creados creadores y guardianes de la preservación de la vida en el jardín que es la creación y, en ella, de los que al reconocerse a sí mismos en su condición de criaturas, se realizan como creados creadores de estructuras y sistemas que generen y construyan fraternidad, solidaridad y pan para todos, sin distinción. He aquí el desafío mayor para la política y para los políticos de este tiempo de la esperanza, a pesar de todo lo que está pasando de nocivo y vergonzoso en la humanidad actual.
La sinodalidad apunta hacia una praxis política como servicio a la justicia, la solidaridad, la defensa de la vida en todas sus formas y, al colocar al ser humano por encima de las ganancias, de las finanzas y de los intereses del gran capital financiero. Para que la vida vuelva a vivir y las instancias de muerte de la tierra, la fauna y la flora de los ecosistemas y de la humanidad, no sean las triunfadoras. No es un sueño lastimero sino un imperativo del presente para quienes están llamados a realizarse desde la opción política en ruptura con las ideologías de la muerte, y colocarse al servicio de la vida y de la vida en dignidad.