Por: Ignacio Madera Vargas*
28 de junio de 2025
La sinodalidad como el modo de ser de la Iglesia del siglo XXI está desafiada por un factor que ha sido señalado con insistencia por el papa Francisco y al que ha hecho igualmente alusiones el papa León: la urgencia de superar el clericalismo. Y esto no será tan fácil. Está metido en el ‘modus vivendi’ habitual del clero y del laicado. Porque puede existir un clero laical que puede ser más duro de roer y más difícil de superar que el clero tradicional, por su aparente novedad o reclamo de sus derechos y su empoderamiento en las posiciones de control institucional en la estructura eclesial, que otrora fueron privilegio de los clérigos.
El piso deslizante de la sinodalidad es la unidad de todos y todas en la Iglesia, en la misma dignidad y llamada a la comunión en la diversidad como imágenes de la Santa Trinidad que somos todos y todas. Pero siendo esta igualdad fundamental como bautizados, la columna vertebral y eje transversal de la sinodalidad, no podemos eludir la realidad de una clericalización en todos los estamentos, que no será tan fácil de superar. Ahora bien, me pregunto cuáles serían las estrategias más adecuadas para enfrentar esta realidad, cuando ella despierta tantas sensibilidades y genera tantas reacciones ideologizadas, no siempre caracterizadas por la escucha y el discernimiento.
A finales del siglo XX leí un libro de Rémi Parent, Una Iglesia de bautizados, en el cual afirma, palabras más, palabras menos, que el futuro del laicado es que se acabe y el futuro del clero es que se acabe para que existamos los fieles cristianos. En ese tiempo parecía una postura difícil de asumir en la Iglesia como superación de este binomio, pero no es otra cosa la que se plantea con la necesaria superación del clericalismo de clérigos y laicos.
El problema está, según Parent, en la comprensión del universo religioso, es decir, de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia, de los sacramentos, etc. Y esto desafía a la evangelización. Se trata en términos positivos de la necesidad de una nueva evangelización que redescubra el sentido de la vivencia y comprensión de un Dios Trinitario, unidad de la diversidad de los divinos tres, de la fascinación por Jesucristo y el Reino, de la santa Iglesia como comunión de seguidores, pueblo santo fiel de Dios, de los sacramentos como celebraciones de la fe, de la ministerialidad como servicio incondicional al pueblo santo. Una real nueva evangelización que debe empezar en la familia, los niños, la juventud, los colegios, las universidades, las parroquias, los organismos de la iglesia institucional. Por eso la sinodalidad es un lanzar hacia adelante el Vaticano II y solo en esta renovación del universo religioso logrará impulsarla con dinamismo y creatividad.
Considero necesaria una propuesta evangelizadora en positivo, que ceda a la crítica y al cuestionamiento obsesivo del clericalismo de clérigos y laicos y redescubra el valor de la vivencia trinitaria como comunión de iguales: papa, obispos, ministros ordenados y laicales, ministros por la consagración bautismal y pueblo santo fiel de Dios. No será entonces la continua confrontación de posiciones teológicas y pastorales, sino la búsqueda progresiva y fiel de comprensión por la escucha y el discernimiento. Incrementar el sentido de la conversación en el Espíritu entre todos los estamentos para que todos en la Iglesia, según la propuesta del Documento final del Sínodo de la Sinodalidad, nos formemos decididamente en una nueva manera de vivir el cristianismo y nuestra comunión como seguidores de Jesucristo el Señor, en una Iglesia de bautizados.
De allí el compromiso de socializar por todos los medios posibles las conclusiones del Documento, a fin de que los pasos que propone la Secretaría del Sínodo para su implementación, impulsen esta dinámica sinodal que logre unificar en una misma pasión de fascinación por Cristo y por el Reino a laicos bautizados y laicos bautizados ordenados. Laicidad como pertenencia al pueblo de Dios por el bautismo que logre, en hechos y no solo en palabras, que los laicos formados dejen de sentirse de ‘mejor familia’ y los clérigos recuperen el valor de su bautismo como su raíz fundamental.
Nos estimula recordar estas expresiones del papa Francisco retomadas igualmente en su sentido original por el Papa León cuando se refiere a la sinodalidad eclesial: “Nos han bautizados laicos y es el signo indeleble que nunca nadie podrá eliminar. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una elite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones tanto en nuestra propia vivencia personal como comunitaria del ministerio que la Iglesia nos ha confiado”.
