Con el inicio de la fase de implementación del Sínodo en junio de 2025, la Iglesia católica se adentra en una etapa especial de su proceso de renovación eclesial. José Francisco Gómez Hinojosa, vicario general de la Arquidiócesis de Monterrey (México), ha compartido una detallada reflexión en el portal Vida Nueva, destacando las orientaciones ofrecidas por la Secretaría General del Sínodo para esta nueva fase que se extenderá hasta 2028.
Según Gómez Hinojosa, la Secretaría ha trazado un cronograma que comprende varias etapas: desde la implementación local y por agrupaciones eclesiales entre 2025 y 2026, hasta las asambleas continentales de evaluación en 2028, culminando en una gran Asamblea Eclesial en el Vaticano en octubre de ese año.
Cuatro ejes principales
Para animar esta etapa, se han ofrecido unas Pistas divididas en cuatro ejes principales. El primero define el corazón de esta fase: “experimentar prácticas y estructuras renovadas, que hagan que la vida de la Iglesia sea cada vez más sinodal”, siempre en referencia al Documento Final (DF) del Sínodo.
En segundo lugar, hace hincapié en los actores involucrados. La responsabilidad recae principalmente sobre el obispo diocesano, los presbíteros, diáconos y los equipos sinodales diocesanos. En estos últimos se recomienda incluir personas comprometidas con el testimonio y el servicio apostólico, así como representantes de otras iglesias y comunidades cristianas. Gómez Hinojosa advierte que se espera que los obispos estén informados permanentemente de los trabajos o incluso participen activamente en los equipos sinodales.
La tercera parte responde a la pregunta sobre cómo utilizar el Documento Final en esta fase. Las Pistas recomiendan “custodiar la visión de conjunto” y apostar por la “concreción de las prácticas”, un paso necesario para evitar que el proceso se reduzca a intenciones sin ejecución.
Finalmente, se aborda el método e instrumentos para la implementación. Se hace un llamado al discernimiento eclesial y a diseñar procesos sinodales que incluyan formación, escucha comunitaria, momentos celebrativos, intercambio de experiencias, comunicación estratégica y renovación de la acción pastoral, además de investigación teológica, pastoral y canónica.
Mirar con confianza el camino que nos espera
“El proceso sinodal nos ha permitido dejarnos sorprender por el Espíritu Santo, y recoger frutos inesperados en la fase de consulta y escucha… Esto nos permite mirar con confianza el camino que nos espera en los próximos años…”, concluye Gómez con una cita esperanzadora del propio documento.
El vicario advierte que el desafío principal ahora es no detenerse en documentos bien intencionados, sino generar verdaderos cambios: “El sínodo nos debe llevar a plantearnos de manera diferente la participación en nuestra Iglesia, para que no nos quedemos solo con bellos documentos, incapaces de ponerse en práctica”.
Una nota sobre la UPM
En su sección final titulada “Pro-vocación”, el autor comenta la reciente salida del presbítero doctor Alberto Anguiano García de la rectoría de la Universidad Pontificia de México. Gómez Hinojosa lamenta su partida: “No solo puso orden administrativo y académico, sino que buscó profesionalizar el servicio docente que ahí se impartía”.
Aunque la universidad pierde a un rector destacado, la Arquidiócesis de Monterrey recupera, en palabras del autor, “a uno de sus mejores teólogos”. Una señal de que los procesos sinodales también se nutren del talento que regresa a las comunidades locales.
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