En el marco del Encuentro de Obispos de la Amazonía, que reúne a pastores de 76 jurisdicciones eclesiásticas de la región, se celebró una eucaristía en la capilla del Consejo Episcopal Latinoamericano y caribeño (Celam), donde el cardenal Michael Czerny, en su homilía, recordó que el martirio no es un hecho del pasado, sino una realidad viva que interpela a la Iglesia de hoy.
Inspirado en la lectura bíblica de Gedeón, destacó que, a pesar de nuestras debilidades y miedos, Dios nos llama y nos envía a dar testimonio de la fe hasta el final. “Todos somos bautizados para ser mártires. Entonces, en cierto sentido estamos celebrando la memoria viva de nuestros compañeros y compañeras, pero estamos también celebrando nuestra propia vocación”, afirmó.
La actualidad del martirio en la vida de la Iglesia
El cardenal Czerny subrayó que, al celebrar la memoria de los mártires, no recordamos solo a figuras lejanas de los primeros siglos, sino también a hombres y mujeres de nuestro tiempo que entregaron su vida por fidelidad al Evangelio. “Hoy en día estamos celebrando la memoria, la presencia de mártires que nosotros conocimos y ellos nos conocieron. O sea, cada uno y cada una de estos habría podido estar aquí con nosotros. Eso me impresiona mucho”, expresó.
En este sentido, invitó a todos los bautizados —obispos, religiosos, laicos, matrimonios y familias— a reconocer en su propia vocación la llamada a ser testigos de Cristo en medio de las dificultades. Retomando la figura de Gedeón, recordó que Dios no elige a los más fuertes, sino a los que, aun sintiéndose frágiles, responden a la misión con confianza en su promesa: “Yo estaré contigo”.
Para Czerny, esta confianza se convierte en fuente de paz y de esperanza para la Iglesia. La fidelidad cotidiana, vivida como testimonio, es también una forma de martirio que alimenta la vida de la comunidad.
Mártires de la Amazonía: un testimonio vivo
Las palabras del cardenal cobran especial fuerza al recordar a los mártires de la Amazonía, como monseñor Alejandro Labaka y la hermana Inés Arango, quienes entregaron su vida hace 38 años en defensa de los pueblos indígenas y de la creación. Su testimonio sigue siendo un signo profético en medio de los desafíos actuales que enfrenta la región.
Ambos consagrados comprendieron que ser testigos de Cristo significaba acompañar a los más vulnerables, incluso a costa de su propia vida. En 1987, mientras buscaban evitar un enfrentamiento violento con la etnia tagaeri, fueron asesinados con lanzas, convirtiéndose en un emblema de la defensa de la Amazonía y sus pueblos.
Hoy, su legado interpela a toda la Iglesia latinoamericana a vivir la sinodalidad desde una opción preferencial por la vida, la justicia y la dignidad de los pueblos originarios. Al evocarlos, las palabras de Czerny resuenan con actualidad: el martirio no es un recuerdo del pasado, sino la vocación presente de una Iglesia que se hace testigo en medio de las periferias y las fronteras de la fe.






