Francisco José Bosch es un referente de la formación teológica y comunitaria en América Latina. Argentino, nacido y residente en Mar del Plata —la ciudad costera donde también vivió el cardenal Eduardo Pironio—, ha dedicado su vida a acompañar procesos eclesiales inspirados en la tradición latinoamericana de las comunidades eclesiales de base. Con una amplia trayectoria en espacios de articulación continental, Bosch impulsa iniciativas de formación permanente que buscan fortalecer la vida comunitaria y la reflexión teológica desde abajo, entre ellas la escuelita Bendita Mezcla, la escuela Óscar Romero, un diplomado bíblico-teológico y diversos cursos vinculados a ámbitos eclesiales y de compromiso social.
Su mirada combina la profundidad teológica con una lectura atenta de la realidad de los pueblos latinoamericanos. En esta conversación, Bosch reflexiona sobre Dilexi te, el llamado del Papa León XIV a redescubrir el amor como núcleo de la vida cristiana, y sobre su profunda sintonía con la propuesta del Sínodo de una Iglesia que camina junto a los pobres, aprende de ellos y se deja transformar por sus comunidades.
A partir de su experiencia en procesos de base, ofrece claves para comprender cómo la sinodalidad, la opción preferencial por los pobres y la conversión pastoral se entretejen en esta etapa decisiva para la Iglesia y para América Latina.
El amor a los pobres es un acto consecuente del amor a Dios
Pregunta: El Papa León XIV, en Dilexi te, invita a redescubrir el amor como centro de toda vida cristiana, sobre todo hacia los pobres. ¿Cómo se enlaza esta llamada con la opción preferencial por los pobres que el Documento Final del Sínodo presenta como eje de una Iglesia verdaderamente sinodal?
Respuesta: Sobre Dilexi te, primero Dilexi nos: es decir, reconocer que somos una religión basada en el amor. Y eso es impresionante, por lo que el amor significa del despojo, de lo propio y el encuentro con lo del otro, con lo de la otra.
Cualquiera que habite una relación amorosa —yo con mi compañera, aunque estoy casado— sabe que el misterio del amor contiene el cielo y contiene el infierno. Decir que eso es el centro de la tradición cristiana es afirmar que vivimos en medio de esa tempestad, de ese río torrencial y dramático que es el amor.
Eso está en el corazón de Dios, en cómo entendemos a Dios en la tradición cristiana. Y está en el corazón de la otra parte de la misma moneda: el amor a Dios y el amor al próximo, al hermano, sobre todo al caído al costado del camino, al último de la fila, a los hermanos y hermanas que habitan el subsuelo de nuestras patrias y de nuestra Patria Nuestra, nuestra americana.
Nuestra América tiene muy claro que el amor a los pobres es un acto consecuente del amor a Dios: uno está en el otro y el otro está en el uno. Dilexi te, Dilexi nos son prácticamente intuiciones escritas “a cuatro manos” en continuidad del magisterio pontificio con sello latinoamericano.
En ese sentido, el proceso sinodal también bebe de la tradición de la eclesiología latinoamericana, de sus comunidades vivas. No solo del gran aporte del magisterio latinoamericano desde el CELAM, sino de sus diversas comunidades, que han nutrido la experiencia, la teología, la eclesiología y la reflexión hecha en América Latina, y que desemboca en el Sínodo como palabra profética que nos alienta a caminar juntos y juntas.
En ese proceso, el eje de rotación está en la vida de los más pobres, de los más frágiles, de los más golpeados por este sistema. Eso está clarísimo en Dilexi te, y está en el corazón del esfuerzo que quiere ser la propuesta sinodal: todavía en marcha, todavía en búsqueda, con ganas de concretarse.
“El amor es nuestra manera más nítida de nombrar a Dios”
P.: La exhortación habla del amor como una fuerza transformadora que “no se encierra, sino que sale al encuentro”. ¿Podríamos decir que la sinodalidad es precisamente la forma eclesial que asume ese amor en la historia concreta de los pueblos?
R.: El amor es, en principio, la fuerza que mueve todo el universo; es nuestra manera que tenemos de nombrar a Dios con más nitidez.
La sinodalidad es otra palabra que a veces encontramos más difícil y alejada de los contextos populares; por eso siempre tendremos que volver a hablar del amor en cualquier contexto. Porque el amor tiene una dimensión comunitaria: nos desaloja del yo y nos coloca en el misterio del otro, de la otra, y del posible “nosotros”.
Por eso hablamos de Nuestra América para pensar el amor concebido en estas tierras, con nuestros dramas, nuestras cruces, pero también nuestras buenas noticias de resurrección.
Esa afirmación preciosa —que el amor no se encierra, sino que sale al encuentro— tiene que ver con la cultura del encuentro frente a la cultura del descarte, una propuesta muy continua y potente en el magisterio del Papa Francisco, que el Papa León continúa con claridad y profundiza desde su transformación como misionero. Forjado al calor del encuentro, siendo de un pueblo con una lengua, se deja transformar por otro pueblo con otra lengua.
Hay una potencia singular en un hombre que habita con sus dos pies en diferentes culturas que, para los retos de esta época, esa riqueza intercultural da no solo el amor por el “sabor local”, como decía el Papa Francisco en Evangelii Gaudium, sino también el don de mediación, tan importante en el amor: el don de ser puente, de ser pontífice.
Creo que allí Prevost tiene un aporte singular: es de Chicago, pero también de Chiclayo. Chicago y Chiclayo, esas dos “Chi”: posiblemente sea sonde se juegue esa suerte de habitar esa tensión y regalarnos a la Iglesia la tensión entre lo universal concreto: ser católicos —todos adentro— pero mezclados, sin matar la diversidad que nos habita.
La sinodalidad intenta que la unidad no sea uniformidad. Esto se ha dicho hasta el hartazgo, y Francisco lo trabajó profundamente en una visita muy compleja que tuvo en Chile, en Temuco, cuando habló ante los movimientos populares. Estuvimos allí con los Callejeros en Argentina, pero eso cayó en saco roto por la situación de la Iglesia chilena. Sin embargo, allí hay una visión muy profunda de no querer igualar, sino encontrar.
“El amor es un movimiento de reciprocidad que transforma”
P.: En Dilexi te, el Papa pide “volver a mirar a Cristo en los pobres y en la tierra herida”. El Sínodo, por su parte, propone una “Iglesia que escucha a los últimos y aprende de ellos”. ¿Qué desafíos teológicos y pastorales implica pasar de ver a los pobres como destinatarios de la caridad a reconocerlos como sujetos activos del discernimiento eclesial?
R.: Quizás en esta pregunta está el corazón del asunto, es decir, ¿cómo pasar de concebir la caridad mal concebida? Porque el amor nunca es ser la muleta de nadie; el amor nunca es ser “el bueno”, el que ayuda, el que sostiene. El amor es un movimiento de reciprocidad que transforma a todos los que están involucrados en ese abrazo.
Entonces, la caridad —que es nuestra manera de llamar al amor, que acompaña la fe y la esperanza en esa búsqueda de habitar la vida virtuosamente— nunca puede ser ayudar al que pasivamente está tirado al lado del camino, sino construir una vida en comunidad, un proyecto en común, recuperar la autoestima y el horizonte. Y en ese camino, claro, la persona levanta la mirada, descubre en su experiencia creciente el valor para ponerse de pie todos los días, aunque reciba desprecio, aunque sea descartado, aunque no entre en el sistema de producción capitalista, que no solo lo oprime, sino que a veces lo descarta, ni siquiera lo quiere entre sus filas de “ejército de reserva” esperando trabajo.
En ese sentido, es urgente que los pobres tengan su palabra en la Iglesia. La sinodalidad es un momento de silenciar el discurso de la estructura para escuchar las narraciones de los pobres y de las comunidades.
Esto tiene que durar un tiempo, un tiempo largo, para que ordene a nuestra Iglesia de una manera distinta y que la ordene en torno a la emergencia de esos sujetos que son plurales, diversos, que tienen muchos rostros en cada lugar, pero que necesitan levantar la mirada y ser dueños de su destino en comunidad.
Para plantear algunos desafíos, creo que el desafío teológico tiene que ver justamente con el fortalecimiento de las comunidades. Es decir, es un tiempo en el que hay que arriesgar “por desborde”, como decía Francisco en el Sínodo de la Amazonía: permitir que surjan formas nuevas, que el Espíritu inspire caminos donde los pobres y las comunidades sean protagonistas, aunque a los obispos, a los curas o incluso al Papa se les vaya de las manos. ¿Por qué “por desborde”? Porque el dique de cierta forma de ritualismo y clericalismo —esas enfermedades que habitan nuestra Iglesia y nuestro mundo, que tienen que ver con el autoritarismo que impide el surgimiento de la vida— va a ser superado precisamente por ese desborde.
Creo que estamos en ese momento donde las mujeres no tienen que pedir permiso, donde los pueblos indígenas no tienen que pedir permiso: tienen que caminar juntos. Y la Iglesia, como estructura, tendrá el placer de dejarse acompañar por esos procesos; las comunidades se organizarán, celebrarán su fe a su modo y construirán los rituales que les den sentido y ordenen su vida.
La Iglesia posiblemente tendrá el privilegio de formalizarlos si eso es necesario, de acompañarlos, y esa será una parte de la implementación del Sínodo que todavía está en marcha. Pero claramente el desafío es reconocer en los pobres organizados en comunidades de vida digna, centradas en la fe —las comunidades de base, con el nombre que tengan en cada lugar— que allí hay un sujeto, no solo de la historia sino de la teología.
Porque ahí se revela Dios en su sentido de fe, y eso es una fuente de revelación para repensarlo todo, absolutamente todo, en resonancia con la tradición que acompaña a estos pueblos que unen Biblia y vida todo el tiempo. Esta es una pregunta central: el desafío teológico-pastoral más grande es reconocer que allí hay una gente que no solo puede discernir, no solo ser escuchada, no solo contar sus historias, sino que está haciendo teología en comunidad.
“Volver a los pobres por amor”
P.: La conversión pastoral que proponen ambos textos —Dilexi te y el Documento Final del Sínodo— parece ser también una conversión del lenguaje y de las estructuras. ¿Qué cambios concretos deberían producirse en la Iglesia latinoamericana para que esta sinodalidad del amor se haga vida en las comunidades?
R.: La conversión es volver a los pobres. Volver a los pobres por amor, es volver siempre al Evangelio, decía un jesuita mártir del Salvador y estamos en esa vuelta.
Volver a escuchar a los pobres, volver a organizarnos, volver a compartir la práctica creyente: la ritualidad que nace de las comunidades, cómo celebran, cómo cantan la fe, cómo se organizan para vivir con dignidad, cómo comparten la tierra, la comida, la mesa.
Y en esa práctica surgirá también la conversión de las estructuras, si es que la Iglesia tiene la humildad de estar de rodillas frente a la fe de nuestro pueblo.
La transformación de las estructuras desde el amor
P.: ¿Qué relación ve entre el amor preferencial por los pobres de Dilexi te y la llamada del Sínodo a una Iglesia que incida en las estructuras de injusticia? ¿Podemos hablar de una “sinodalidad social” que transforme también los modos de organización de nuestras sociedades?
R.: La transformación de las estructuras desde el amor, primero y de base, hacia los más pobres, los últimos, las últimas, las descartadas, los crucificados, es la piedra fundamental para empezar a construir la civilización del amor; para empezar a construir esa propuesta de Jesús, antigua pero siempre nueva tarea, que es la máxima historización posible del Reino de Dios.
Sabemos que su plenitud llegará en otro espacio, pero aquí estamos empeñados en el “ya, pero todavía no”. Esa propuesta escatológica es nuestro aguijón —como decía Metz— para pinchar la historia y generar el impulso necesario.
Esto tiene muchas aristas, pero sobre todo se trata de construir salidas comunitarias al individualismo rampante y agobiante que vacía de pan y de sentido la vida de las mayorías.
Allí es donde la fe cristiana en nuestra América tiene muchísimo para aportar, porque es una dadora de sentido que orienta el camino. Y la Iglesia debe dejarse orientar: hay una conversión al proceso de las comunidades que la Iglesia debe hacer para repensarse desde allí.
Implica acompañar, sin miedo y pagando el precio, los procesos que las comunidades realizan frente a un capitalismo que mata y devasta; frente a un individualismo que corta los lazos que sostienen la vida; frente a un extractivismo y un patriarcado que destruyen nuestras comunidades.
Allí los pobres —como maestros del Evangelio, organizados en comunidades de fe— muestran que defender lo colectivo es clave para enfrentar una época que nos quiere atomizados, individualizados, sin deseo, enfrentados, polarizados. Allí la propuesta es caminar con Jesús en defensa de la vida —como decía Carlos Mesters— y hacerlo en comunidad. Esa comunidad nos sostiene, nos da identidad y evita delirios mesiánicos, porque la comunidad está en el corazón de la Trinidad, en el corazón de la revelación, en el corazón de Dios. Y ese horizonte siempre nos exigirá reformas estructurales y caminos sencillos en la base.
Comunidades profetizas de otro mundo posible
P.: Mensaje de cierre
R.: Finalmente, decir que Dilexi te y Dilexi nos me parecen un gran ejemplo de la complejidad de la Tradición —con T mayúscula—, que es el vínculo entre continuidad y ruptura que habita nuestra historia de fe. Y eso nos exige en cada tiempo pensar la fidelidad creativa: tomar lo mejor que nuestra historia eclesial y comunitaria ha ido cosechando, y ponerlo a producir, a dar vida, a ser actual en cada tiempo.
Pensar desde cada territorio —ríos, montañas, mares, campos, ciudades, barriadas—, desde los lugares que dan sentido y siembran lo que hacemos.
Un documento que afirma que la opción por Dios está en el Mesías, en el Antiguo Testamento —como lo hace Dilexis Te y como lo hacen también en los Padres y en la cristología, mostrando que Dios es parcial, que toma partido en la historia, nos permite asumir que en las tensiones de la historia podemos jugar un papel a favor de las mayorías.
Esta es una invitación continua, que debe hacerse con una tradición sapiencial y profética a la vez: profética en el anuncio y denuncia de las estructuras que matan y de los proyectos que generan vida; y sapiencial en el modo de nuestro pueblo, con una profecía comunitaria.
Ya no se trata de grandes profetas, sino de comunidades profetizas de otro mundo posible, de otra Iglesia posible.
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