El Observatorio Latinoamericano de la Sinodalidad invita a leer y descargar el artículo La comunión en el camino sinodal, de Carmen Toledano, OSA, una reflexión profunda y oportuna sobre uno de los grandes desafíos de la Iglesia hoy: vivir una comunión real, creíble y fecunda en medio de un tiempo marcado por divisiones, heridas y polarizaciones.
A partir de la experiencia de la Segunda Asamblea Sinodal Arquidiocesana de Lima, la autora recuerda que la comunión no puede reducirse a un ideal abstracto ni a una consigna pastoral, sino que constituye el corazón mismo del misterio de la Iglesia. El texto ofrece una meditación bíblica, espiritual y eclesial para comprender por qué la sinodalidad solo puede hacerse verdadera cuando conduce a una conversión personal y comunitaria hacia la comunión.
Iglesia llamada a ser signo de unidad
Carmen Toledano sitúa su reflexión en continuidad con una afirmación ya decisiva para el proceso sinodal, expresada por el Papa Francisco: «La sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio». Desde esa perspectiva, el artículo profundiza en la comunión como una dimensión inseparable de la participación y de la misión, y recuerda que no se trata de realidades separadas, sino profundamente entrelazadas. La comunión exige una conversión del corazón que permita a la Iglesia aprender a caminar junta en el Espíritu, reconociendo sus tensiones, sus diferencias y también sus heridas. La pregunta de fondo no es solo cómo organizar mejor la vida eclesial, sino cómo testimoniar una unidad capaz de hacer creíble el anuncio del Evangelio.
El artículo plantea con lucidez que la Iglesia vive hoy atravesada por sufrimientos personales y comunitarios, entre ellos la enfermedad, la pobreza, los abusos, la crisis de fe, las divisiones internas y la pérdida de confianza. En ese contexto, la comunión no aparece como un tema decorativo, sino como una urgencia evangélica. Toledano se pregunta si la Iglesia puede ofrecer hoy «una forma de comunión que sea un punto de referencia estable y creíble, capaz de regenerar la confianza». La credibilidad de la Iglesia, sugiere la autora, está inseparablemente unida a la posibilidad de mostrar una unidad que no oculte las heridas ni niegue las diferencias.
Para iluminar esta búsqueda, el texto se detiene en el relato bíblico de la torre de Babel, leído como una advertencia frente a la falsa unidad construida desde el miedo, el control y la uniformidad. La autora muestra que Babel no representa simplemente una dispersión castigadora, sino el fracaso de un proyecto humano que quiso asegurar la cohesión suprimiendo la diferencia. Por eso afirma con claridad: «La comunión verdadera no nace de la uniformidad, sino de la unidad en la diversidad». En una época tentada por los discursos únicos, las burbujas informativas y las polarizaciones eclesiales, esta lectura bíblica resulta especialmente provocadora.
Comunión, diferencia y corresponsabilidad
Uno de los aportes más sugerentes del artículo es su lectura de la confusión de las lenguas no como destrucción, sino como terapia. Dios impide que una sola voz se imponga como criterio absoluto y devuelve dignidad a las singularidades. En esa clave, Pentecostés aparece como la respuesta evangélica a Babel: allí no se borra la pluralidad, sino que cada pueblo escucha el anuncio en su propia lengua. «No hay uniformidad y, sin embargo, hay comunión», escribe Toledano. La sinodalidad, entonces, no busca fabricar unanimidades rápidas, sino abrir espacios donde las diferencias puedan ser escuchadas, discernidas y ordenadas por el Espíritu.
Desde esta perspectiva, la autora aborda la renovación de la Iglesia como un proceso espiritual y pastoral que no puede confundirse ni con nostalgia ni con simple adaptación superficial. Recordando al Concilio Vaticano II, señala que «toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en una mayor fidelidad a su vocación». Esa renovación exige reconocer las heridas, asumir los conflictos, escuchar lo que incomoda y abandonar prácticas que ya no transparentan la belleza del Evangelio. La comunión no se impone ni se acelera: se construye con paciencia, escucha, humildad y discernimiento.
El artículo concluye abriendo un horizonte de corresponsabilidad diferenciada, donde la comunión brota de una vida arraigada en Dios y se expresa en relaciones concretas entre ministros ordenados, agentes pastorales y fieles laicos. Toledano recuerda que la fuente de la unidad no está en la proximidad física ni en la uniformidad organizativa, sino en la comunión con Dios: «En el Uno somos uno». Por eso, invita a fortalecer la vida espiritual, la escucha de la Palabra, la oración, la liturgia, la vida sacramental y el cuidado de la creación como dimensiones inseparables de una Iglesia sinodal.
Puede leer el artículo completo en la página del Observatorio Latinoamericano de la Sinodalidad.
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