La sinodalidad en Monseñor Romero: santidad recíproca y compartida

Rodolfo Ascanio
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Por: Rodolfo Ascanio Merchán**

27 de marzo de 2025

“San Romero de América, pastor y mártir nuestro”, así comienza el poema dedicado a Monseñor Romero por el también santo popular Pedro Casaldáliga, quien identificó en su figura la santidad que emanaba de su vida y ministerio. 

Sin embargo, no fue Casaldáliga ni la Iglesia institucional quienes primero reconocieron su santidad, sino el pueblo pobre, su pueblo, que se adelantó a ambos en este discernimiento. Este reconocimiento temprano no fue casual, sino fruto de un profundo caminar juntos.

Monseñor Romero no fue un pastor distante, sino un hombre que escuchó, dialogó y se comprometió con las luchas de su pueblo. Esta relación de reciprocidad —él siendo santo gracias al clamor de su pueblo, y ellos encontrando en Romero un pastor que caminaba con las ovejas y luchaba por su dignidad— es un ejemplo vivo de práctica pastoral sinodal. 

La sinodalidad, como proceso de escucha y discernimiento comunitario, se hace realidad cuando la Iglesia no solo enseña, sino que también escucha y aprende de su pueblo. En este sentido, Romero encarnó una Iglesia que camina junto a su gente, compartiendo sus alegrías y sufrimientos, hasta el límite de entregar su vida por ellos.

1. Del Pueblo a Romero

La expresión “el obispo del pueblo”, atribuida a Monseñor Romero, puede entenderse a partir de diversos momentos de su vida pastoral en los que él y su pueblo fueron uno solo. Sin embargo, fue a través de una experiencia dolorosa que comprendió que la mejor manera de ser un buen pastor era aprender a escuchar a su gente.

Apenas un mes después de asumir el arzobispado de San Salvador, Monseñor Romero vivió una de las experiencias más determinantes de su vida. El 12 de marzo de 1977 el Padre Rutilio Grande fue asesinado en una emboscada junto con el catequista Manuel Solórzano y el joven Nelson Rutilio Lemus. A partir de este hecho, Romero experimentó lo que Jon Sobrino describe como una “conversión”, un cambio radical que marcó su ministerio. En su texto Mi recuerdo de Monseñor Romero, Sobrino señala un aspecto fundamental de esta transformación.

En aquellos días, profundamente difíciles para Romero, la muerte de Rutilio y la tensión con el clero salvadoreño y las fuerzas del Estado le hicieron ver que el asesinato de su amigo no era un hecho aislado, sino la consecuencia de su compromiso cristiano con las comunidades campesinas

Aunque en un principio no compartía del todo la visión pastoral de Rutilio, este acontecimiento lo llevó a reconocer que él tenía razón. En ese contexto, “aquellos a quienes él había tenido por sospechosos, con quienes se había enfrentado y a quienes incluso había acusado y condenado” no lo abandonaron, sino que lo acogieron y acompañaron. “Estuvieron con él”, dice Sobrino. En contraste, “los católicos acomodados y un grupillo de sacerdotes en esa órbita”, quienes inicialmente celebraron su nombramiento, lo abandonaron tras su conversión y, más aún, comenzaron a criticarlo, atacarlo y desobedecerlo.

Este acontecimiento marcó el inicio de una praxis sinodal en Romero: aprender a escuchar al pueblo, pues tenía razones para hacerlo. Así lo expresó:

“Siento que el pueblo es mi profeta, a mí me está enseñando con la unción que el Espíritu ha hecho en su bautismo y que los hace incapaces de aceptar una doctrina equivocada o errónea; ustedes, como pueblo, la rechazarían como rechaza el organismo esos cuerpos extraños que se le meten a veces” (Homilía, 8 de julio de 1979).

Sus palabras se tradujeron en acciones concretas. Una de las más significativas fue su disposición a escuchar al pueblo para discernir el camino de la Iglesia. El 6 de agosto de 1979, publicó su cuarta carta pastoral, La Iglesia y las organizaciones políticas populares, en la que denunció las violaciones a los derechos humanos y la violencia contra el pueblo, articulando la relación entre la Iglesia y las luchas populares desde una perspectiva evangélica. 

Sin embargo, lo más relevante de este documento no fue solo su contenido, sino el proceso que lo antecedió: antes de escribirlo, Romero envió encuestas a todas las parroquias para recoger las opiniones de feligreses, instituciones y grupos sociales sobre el papel de la Iglesia en la situación sociopolítica del país.

En la homilía del día en que presentó la carta, Romero reconoció la importancia de este ejercicio sinodal:

“Yo saludo en ustedes esa madurez, esa audacia, esa opción preferencial por los pobres, esa riqueza de ideas que ustedes me han dado en esa consulta […] Ustedes y yo hemos escrito la cuarta carta pastoral enriquecidos con estos tesoros de la Iglesia universal” (Homilía, 6 de agosto de 1979).

Por esta actitud de escucha se distinguió toda su pastoral. Romero atendía a las madres de familia que buscaban a sus esposos e hijos asesinados o desaparecidos, creó una junta consultora con especialistas de diversas áreas para la preparación de sus homilías dominicales y visitaba las comunidades más pobres de la arquidiócesis para escuchar directamente la voz profética del pueblo. En este contexto, adquiere especial significado su célebre afirmación:

“Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor. Es un pueblo que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz” (Homilía, 18 de noviembre de 1979).

Romero entendió que su ministerio de buen pastor no era un mérito individual, sino una respuesta al amor y a la resistencia del pueblo.

2. De Romero al Pueblo

La reciprocidad entre el pastor y el pueblo se manifiesta en el acompañamiento, la comunión con las comunidades y el compromiso con los más vulnerables. Monseñor Romero entendió que su vocación sacerdotal estaba al servicio del pueblo y así lo expresó en sus homilías, denunciando las injusticias y la idolatría del dinero:

“Soy simplemente el pastor, el hermano, el amigo de este pueblo que sabe de sus sufrimientos, de sus hambres, de sus angustias; y en nombre de esas voces yo levanto mi voz para decir: no idolatren sus riquezas, no las salven de manera que dejen morir de hambre a los demás. Hay que compartir para ser felices” (Homilía, 6 de enero de 1980).

Fue precisamente esta capacidad de adhesión a la fe del pueblo la que llevó a Romero a unirse a su lucha por la justicia y la dignidad de los pobres, de los trabajadores explotados en el campo y de quienes sufrían la creciente brecha económica, donde los ricos se volvían cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. En este sentido, Romero se convirtió en la voz de los sin voz y afirmó que esa sería su misión pastoral mientras la injusticia persistiera:

“No dejaré de ser voz de los que no tienen voz mientras haya oprimidos, marginados de la participación en la gestación y en los beneficios del desarrollo del país” (Homilía, 20 de mayo de 1979).

Le preocupaba profundamente que, en su afán por proteger sus riquezas, los poderosos atentaran contra la vida del pueblo. Por ello, buscó hacerles comprender que el camino no era la violencia, sino la solidaridad. Dos meses antes de su asesinato, hizo un llamado contundente a los ricos:

“A nombre de nuestro pueblo y de nuestra Iglesia, les hago un nuevo llamado para que oigan la voz de Dios y compartan con todos gustosamente el poder y las riquezas, en vez de provocar una guerra civil que nos ahogue en sangre. Todavía es tiempo de quitarse los anillos para que no les vayan a quitar la mano” (Homilía, 13 de enero de 1980).

Este modelo de Iglesia, sinodal y profética, debe encarnar la solidaridad con los más pobres, viviendo con austeridad para que todos tengan lo necesario para una vida digna. Ese era el anhelo de Romero, impulsado por su amor a Dios, a los pobres y a la justicia social.

Sin embargo, su compromiso profético generó rechazo entre quienes antes se decían sus amigos. Sus detractores intentaron apartarlo del arzobispado, solicitando su remoción a Roma. Al no obtener respuesta, recurrieron a amenazas de muerte para acallar su voz. A pesar del miedo, con valentía y coraje, Romero hizo a su pueblo una promesa inquebrantable:

“Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él todos los riesgos que mi ministerio me exige” (Homilía, 11 de noviembre de 1979).

Finalmente, el 24 de marzo de 1980, Monseñor Romero fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía, sellando con su sangre el compromiso con su pueblo.

3. Conclusión

A manera de conclusión, podemos afirmar que la reciprocidad es un elemento esencial de la sinodalidad, ya que fortalece la unidad de la Iglesia y nos invita a caminar juntos como pueblo de Dios, en búsqueda de la paz, la solidaridad y la dignidad de todas las personas. 

Hoy en día, América Latina y el Caribe enfrenta desafíos en su caminar como pueblos, como la desigualdad social, la migración forzada, la violencia estructural y la corrupción. En este contexto, el testimonio de Monseñor Romero continúa siendo una luz que interpela a la Iglesia y a la sociedad salvadoreña

Su visión de una Iglesia sinodal, profética y en comunión con los pobres nos invita a reflexionar: ¿cómo podemos ser hoy una comunidad que camina unida, escucha la voz del pueblo y lucha por la justicia? Retomar su legado significa renovar el compromiso con los valores del Evangelio y la dignidad humana, para que la sinodalidad no quede reducida a un concepto abstracto, sino que se convierta en una práctica concreta, vivida en la acción pastoral y en los espacios sociales del país.

La comunión, como fruto de esta reciprocidad, es la clave para avanzar como comunidad. Su insistencia en vivir la realidad en comunión, y en el diálogo con todos los sectores, es un modelo para construir una sociedad que refleje el corazón de Dios. En una de sus homilías, expresó esta convicción de manera clara:

“La comunidad cristiana, el Pastor y las comunidades cristianas tenemos la obligación de no parcializarnos, sino ser conciencia cristiana en medio de nuestro pueblo, precisamente para orientarlo todo a que este pueblo sea un reflejo del Reino de Dios aquí en la tierra” (Homilía, 13 de enero de 1980).

El vínculo profundo entre Romero y su comunidad refleja el llamado del Sínodo sobre la sinodalidad hacia una Iglesia más participativa e inclusiva. Su santidad, reconocida primero por su pueblo antes que la Iglesia Institucional, nos recuerda que la sinodalidad debe nacer desde las bases, desde el pueblo de Dios

Así, Monseñor Romero no solo es un santo para El Salvador, sino también un faro que ilumina el camino hacia una Iglesia más cercana, comprometida y verdaderamente sinodal, que sigue siendo un referente en la lucha por la justicia y la dignidad humana en el contexto latinoamericano contemporáneo. 

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